Antes de convertirse en leyenda en el Mundial de México 1986, Diego Maradona ya mostraba condiciones fuera de lo común. Pero fue un trabajo específico, casi científico, el que terminó de potenciar esas cualidades y lo llevó a alcanzar su mejor versión.
Detrás de ese proceso estuvo Antonio Dal Monte, uno de los referentes en fisiología deportiva, quien recibió al Diez en su centro en Roma para someterlo a una preparación inédita.
Un entrenamiento distinto que lo llevó al máximo nivel
A pocos meses del Mundial, Maradona decidió apostar fuerte a su preparación física. Junto a su preparador físico Fernando Signorini, viajaba semanalmente desde Nápoles a Roma para entrenar bajo un sistema que no se aplicaba en ningún otro lugar.
Allí, el astro fue sometido a estudios biomecánicos, mediciones de consumo de oxígeno y trabajos específicos de recuperación. Incluso aprendió técnicas de respiración adaptadas a las condiciones de México, donde la altura y el calor representaban un desafío extra.
El resultado fue contundente: Maradona llegó al Mundial en un estado físico superior, capaz de resistir el desgaste, soportar golpes y marcar diferencias cuando otros no podían.
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Las capacidades únicas que sorprendieron a los especialistas
Durante ese proceso, Dal Monte detectó en Diego habilidades excepcionales. Una de ellas fue su campo visual, mucho más amplio que el de una persona promedio, lo que le permitía percibir el juego con una claridad inusual.
Además, los estudios revelaron que su capacidad de respuesta a estímulos era superior incluso a la de los mejores velocistas del mundo. Es decir, no solo pensaba rápido: su cuerpo ejecutaba esas decisiones con una velocidad extraordinaria.
Esa combinación quedó reflejada en jugadas icónicas, como su inolvidable gol ante Inglaterra, donde parecía avanzar viendo todo en cámara lenta.
El impulso final hacia la gloria
Con esa preparación, Maradona no solo llegó en óptimas condiciones físicas, sino que logró adaptarse mejor que nadie a las exigencias del Mundial de México. La altura, lejos de perjudicarlo, terminó siendo una ventaja.
El resultado es historia conocida: lideró a la Selección argentina hacia el título, firmó actuaciones inolvidables y se consagró como el mejor jugador del torneo.
Detrás de esa hazaña, además del talento natural, hubo un trabajo silencioso que terminó de moldear a un futbolista único. Un proceso que ayudó a explicar por qué, en 1986, Maradona no fue solo el mejor… fue inalcanzable.
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