Australia dio un paso sin precedentes y abrió un debate mundial: a partir del 10 de diciembre, los menores de 16 años no podrán tener cuentas en redes sociales. La medida convierte al país en el primero en regular de manera tan estricta el uso digital infantil y obliga a las plataformas a verificar identidades, impedir nuevos registros y frenar el funcionamiento de algoritmos que, según expertos, generan adicción.
El anuncio llegó tras una estadística alarmante: siete de cada diez niños australianos han sufrido o presenciado algún tipo de daño en internet. Para el gobierno y para miles de familias, la conclusión fue clara: los padres no podían seguir enfrentándose solos al sistema de diseño algorítmico que, según especialistas, busca retener la atención a cualquier costo.
La legislación apunta directamente a esa estructura. Incluso diseñadores de redes sociales admitieron públicamente que los algoritmos funcionan como mecanismos de “adicción conductual”. No se trató de un error, sino de una estrategia deliberada.
La medida, que ya genera controversias, anticipa un período de adaptación complejo: adolescentes que buscarán evadir la verificación, padres que deberán reforzar el acompañamiento y plataformas obligadas a modificar su arquitectura de uso. Sin embargo, para especialistas en desarrollo infantil, el impacto será positivo.
El psicólogo estadounidense Jonathan Haidt, una de las voces más influyentes en el tema, celebró la decisión y la calificó como “la medida más importante jamás creada para proteger a los niños en la era digital”.
Con Australia como pionera, la pregunta inevitable se instala en el resto del mundo:
¿Deberían otros países seguir este camino o seguirán permitiendo que el algoritmo decida la infancia de millones de niños?