El Congreso de la República destituyó este martes al presidente José Jerí, profundizando una inestabilidad que ya se ha vuelto crónica en el país. El abogado de 39 años cayó apenas cuatro meses después de haber llegado al poder tras la salida de Dina Boluarte, también removida por el Parlamento.
La vacancia se aprobó luego de que prosperara una de las siete mociones presentadas en su contra. El detonante fue el llamado “Chifagate”, el escándalo por una serie de reuniones reservadas que mantuvo con empresarios chinos, algunas de ellas fuera de agenda y en horarios inusuales.
El caso tomó dimensión pública tras la difusión de un video en el que se lo ve ingresando encapuchado a un restaurante de comida china en Lima, cuando el local estaba cerrado. Allí se habría reunido con Zhihua Yang, empresario con intereses en sectores estratégicos como seguridad y energía. Más tarde trascendieron otros encuentros con Yang y con Ji Wu Xiaodong, señalado por presuntos vínculos con actividades ilícitas.
Jerí negó haber cometido delitos y redujo el episodio a “errores” formales. Sin embargo, sus explicaciones contradictorias y el clima electoral —a pocas semanas de los comicios generales— aceleraron su caída. Según encuestas recientes, la mayoría de la población consideraba que existían indicios suficientes para investigarlo por presunta corrupción.
Tras la destitución, el Congreso deberá elegir a su nuevo presidente, quien asumirá automáticamente la jefatura del Estado hasta el 28 de julio, cuando tome posesión el mandatario electo en abril. Con la salida de Jerí, Perú suma así a su octavo gobernante en una década, en un escenario político que vuelve a quedar al borde del abismo institucional.