El 24 de mayo de 2001 quedó grabado como una de las jornadas más trágicas en la historia reciente de Israel, tras el colapso del salón de bodas Versailles, en Jerusalén, en medio de una celebración que reunía a cerca de 700 invitados.
El hecho ocurrió a las 22:43, cuando familiares y amigos festejaban el casamiento de Keren y Assaf Dror en el tercer piso del edificio. Mientras sonaba la música y decenas de personas bailaban, el suelo comenzó a ceder sin previo aviso.
En cuestión de segundos, la pista de baile se desplomó, atravesando dos niveles y arrastrando a cientos de personas hacia el estacionamiento inferior. Entre escombros, polvo y gritos desesperados, la escena se transformó en una tragedia de gran magnitud.
El saldo fue devastador: 23 personas murieron —entre ellas un niño de tres años y un hombre de 80— y más de 350 resultaron heridas, muchas con lesiones de gravedad.
Las investigaciones posteriores determinaron que el colapso estuvo vinculado a métodos de construcción defectuosos y a fallas estructurales graves, lo que generó una fuerte indignación en la sociedad israelí. A partir de este episodio, se impulsaron reformas significativas en los estándares de seguridad edilicia.
Con el paso del tiempo, la tragedia del Versailles continúa siendo un símbolo del costo de la negligencia en la construcción y un recordatorio de cómo, en apenas segundos, una celebración puede convertirse en desastre.