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El Mundo

La guerra en Medio Oriente reabre el debate energético en América Latina

Expertos alertan que priorizar el corto plazo podría consolidar un modelo energético poco sostenible en el tiempo.

El conflicto en Medio Oriente volvió a sacudir el tablero energético global y encendió las alarmas en América Latina, donde crece la preocupación por el impacto en los precios, el abastecimiento y el rumbo de la transición hacia energías limpias.

En un escenario atravesado por tensiones geopolíticas y volatilidad en los mercados, especialistas advierten que la región enfrenta una disyuntiva clave: profundizar su dependencia de los combustibles fósiles o acelerar un cambio estructural hacia fuentes renovables.

Los recientes ataques en zonas estratégicas como el Estrecho de Ormuz reavivaron el temor por interrupciones en el suministro de petróleo y gas, lo que ya comienza a reflejarse en aumentos de costos que impactan directamente en transporte, energía y alimentos. En este contexto, la energía dejó de ser solo un recurso económico para convertirse en un eje central de la seguridad global.

La situación expone la fragilidad de América Latina, una región que, pese a sus recursos naturales, mantiene una fuerte dependencia de importaciones energéticas. Países como México y Brasil son ejemplos claros de esta vulnerabilidad, con matrices energéticas condicionadas por el acceso externo a gas y combustibles.

Durante un encuentro organizado por Periodistas por el Planeta y Climainfo, especialistas coincidieron en que el escenario actual no es una crisis aislada, sino parte de una reconfiguración del orden mundial. En ese marco, América Latina vuelve a ocupar un rol estratégico, aunque más como territorio en disputa que como protagonista con poder de decisión.

Desde una mirada económica, se advierte que la región continúa apostando al petróleo y al gas como pilares de su seguridad energética, relegando inversiones en energías renovables que ya resultan más competitivas y sostenibles en el largo plazo.

En el caso argentino, el foco está puesto en el desarrollo de Vaca Muerta, con la expectativa de sostener altos precios del gas licuado. Sin embargo, este enfoque genera cuestionamientos por el desvío de inversiones que podrían destinarse a proyectos eólicos o solares, claves en el proceso de transición energética.

Los especialistas remarcan que la prioridad inmediata de garantizar el suministro energético, en un contexto de crisis, puede terminar consolidando una dependencia estructural de los combustibles fósiles. Esta tensión entre el corto y el largo plazo define hoy el rumbo energético de la región.

A su vez, el avance de potencias como China en el financiamiento de infraestructura energética y la presión de Estados Unidos por sostener su influencia suman complejidad al escenario, en una disputa que también atraviesa a América Latina.

Con recursos estratégicos como el litio, la región tiene potencial para insertarse en las nuevas cadenas de valor globales. Sin embargo, la persistencia de modelos extractivistas y la falta de industrialización limitan esa oportunidad.

En este contexto, el desafío para América Latina no solo pasa por garantizar energía en el presente, sino por definir un modelo que le permita dejar de ser proveedora de materias primas y convertirse en un actor clave de la transición energética global.

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