"La injuriaron los medios y la Justicia, los políticos de aquel entonces. Cada vez que salía un informe en los diarios, yo sufría; hubo mucho dinero y poder en juego para tapar a todos los que estuvieron involucrados en el crimen de Sole". La que habla es Ada Rizzardo, la madre coraje que hace tres décadas dejaba su rol de ama de casa catamarqueña para pelear a cara de perro contra el poder entrecruzado en el crimen de María Soledad Morales, una adolescente de 17 años.
A pocos kilómetros de la ciudad de Catamarca, aquel 10 de septiembre de 1990, pasadas las 9.30 de la mañana, aparecía tirado en un zanjón de Parque Daza el cuerpo. Había sido violada y desfigurada: tenía la mandíbula fracturada, quemaduras de cigarrillo, le faltaba cuero cabelludo, las orejas y un ojo.
Fue su papá, Elías, quien tuvo la difícil tarea de reconocer el cuerpo, que como único rastro de la adolescente exponía una pequeña cicatriz. Esa imagen lo acompañó hasta la muerte, en 2016. "Ya no está y lo siento tanto, fue siempre más callado que yo, pero tan valiente. Me cuidó mucho, hubo cosas que supe durante el juicio", asegura ahora la mujer que, acompañada por miles, hizo temblar viejas estructuras.
Fue gracias a las Marchas del Silencio que organizaba junto con la monja Martha Pelloni -rectora del colegio al que asistía María Soledad- que la Justicia terminó deteniendo a Luis Tula y Guillermo Luque, hijo de un diputado nacional. "La injusticia uno la vive cuando sus hijos y nietos se tienen que cruzar por la calle con los asesinos", afirmó a este diario la madre, que tiene bien claro que las penas que recibieron ambos fueron "pobres". Es que actualmente el caso hubiera sido caratulado bajo la figura de femicidio, que prevé penas de reclusión perpetua.
"El caso marcó un antes y un después, fuimos los primeros en decir no nos callemos más, y así ocurrió, aunque quedaron muchos a la orilla del camino judicial a los que no se detuvo. Jamás se investigó al jefe de la policía (Miguel Ángel Ferreyra) por amenazar testigos y lavar el cuerpo de mi hija. Luque sabe la verdad de lo que pasó, pero nunca habló", le dice a Ada a Crónica desde su casa de Valle Viejo, donde la mujer, que ahora tiene 71 años, crió a sus siete hijos.
Ana Lía, Ana Claudia, Ada María, Elías Ariel, María Belén y Agustín Luis, a los que se suman sus nietos, son el motivo que Ada encuentra para despertar cada día. "Son mi vida", define a este diario, y es comprensible al escucharla: "Lo que vivimos fue un martirio, de la alegría al horror. Aquel último día que la vi, Sole estaba feliz porque esa fiesta era para ella, que no podía pagar el pasaje a Carlos Paz, eran cinco compañeras en esa situación y todo el curso trabajaba para ayudarlas", recuerda Morales, que insiste en que "no siente odio" hacia los condenados.
"Me arrancaron a Sole, ese dolor todavía sigue, siempre volvería a hacer lo que hice", reafirma Morales, tres décadas después de despertar a la sociedad de una larga siesta.