El cierre definitivo de la fabricante de neumáticos Fate no fue un hecho repentino, sino el desenlace de un proceso de deterioro económico marcado por la fuerte competencia de productos importados, principalmente provenientes de China, que presionaron a la baja los precios y redujeron los márgenes de rentabilidad de la industria local.
De acuerdo con un informe de la consultora PxQ, las importaciones de neumáticos crecieron en promedio un 34,8% entre 2023 y 2025, en el marco de la apertura comercial impulsada por el Gobierno. En paralelo, los valores del producto registraron caídas significativas: un 38,3% en dólares y un 42,6% en pesos.
Si bien la baja de precios representó un alivio para los consumidores, el efecto en la producción nacional fue contundente. Las fábricas locales quedaron en desventaja competitiva, lo que se tradujo en pérdida de mercado, menor utilización de la capacidad instalada y resultados negativos.
En 2024, Fate había solicitado la apertura de un Procedimiento Preventivo de Crisis tras reportar una caída de la demanda interna superior al 30% y pérdidas por más de 30 millones de dólares en el primer semestre. En ese contexto, la empresa —propiedad de la familia Madanes Quintanilla— avanzó con el despido de cerca de 100 trabajadores y advirtió sobre una combinación de factores estructurales que afectaban su operación: carga impositiva, restricciones cambiarias, costos laborales y problemas de infraestructura.
La compañía también señalaba que el costo final de sus productos era considerablemente mayor al de los neumáticos fabricados en el exterior, lo que generaba una brecha de competitividad “insalvable” y dificultaba sostener exportaciones a mercados donde la marca tenía presencia histórica.
Hacia mediados de 2025, el escenario se agravó con un nuevo récord de importaciones: solo en mayo ingresaron al país 869.525 cubiertas para distintos tipos de vehículos. Frente a ese contexto, las empresas del sector se vieron obligadas a reducir precios alrededor de un 15%, profundizando el impacto en sus balances.
Con la planta de San Fernando operando apenas al 30% de su capacidad, el cierre terminó por consolidarse como el resultado de una prolongada pérdida de competitividad y de un mercado que cambió de forma acelerada en los últimos años.