Detrás de la postal bucólica de calles arenosas, tractores de hierro y vacas Holando Argentino de la colonia menonita "Nueva Esperanza", en Guatraché, se esconde una historia de sometimiento y violencia que María Unger Reimer (34) se animó a denunciar. Ella fue la primera mujer en escapar de esa comunidad cerrada en 2019, buscando libertad en Tucumán. Sin embargo, su pasado volvió a golpearla con ferocidad este mes de febrero de 2026.
El drama se reactivó el pasado domingo 8, cuando María regresó a La Pampa para visitar a su madre enferma. En ese contexto, accedió a llevar a su hija de 12 años a ver a su padre, un hombre que aún reside bajo las estrictas normas de la colonia. Lo que debía ser un reencuentro familiar terminó en un episodio de terror.
Alcohol, golpes y amenazas de fuego
"Cuando llegué a su casa, me di cuenta de que había consumido mucho alcohol. Estaba alterado", relató María. La situación escaló rápidamente: el hombre intentó abusar de ella sexualmente y, ante su negativa, comenzó una brutal golpiza frente a las niñas.
"Me amenazó de muerte. Dijo que nos iba a rociar con nafta y prendernos fuego vivas. Que iba a quemar el auto", detalló la víctima, quien logró escapar y ser atendida en el hospital de Guatraché con múltiples lesiones.
La desprotección judicial
Pese a la gravedad de la denuncia penal, que incluyó violencia física, amenazas y uso de armas, la Justicia de General Acha no impuso medidas de restricción inmediatas, argumentando que María regresaría a Tucumán.
Esta inacción permitió que el padre, junto a otros hombres de la comunidad, interceptara a María en Santa Rosa y se llevara a las niñas en una camioneta. Aunque el vehículo fue detenido en Miguel Riglos, las autoridades permitieron que el hombre se quedara con las menores, basándose en que ellas expresaron querer ir con él, un testimonio que según la madre y su abogada está viciado por la manipulación y el miedo.
Un sistema de sometimiento
María expuso la realidad de las mujeres en la colonia: "Nací y crecí ahí. Aprendí que mi lugar era callar, obedecer y servir. Las mujeres no decidimos, no votamos, no opinamos".
Hoy, desde el dolor y la impotencia, María lucha por recuperar a sus hijas de 12 y 15 años. "No quiero que crezcan creyendo que el miedo es normal. Lo que pasa dentro de la comunidad no es religión: es sometimiento", sentenció.