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El País

Qué dejan de comprar las familias cuando el dinero ya no alcanza

Un relevamiento reveló cambios profundos en los hábitos de consumo de los sectores medios bajos y populares. Alimentación, vestimenta, higiene, entretenimiento y hasta los proyectos personales quedaron atravesados por el bolsillo ajustado.

Llenar el changuito dejó de ser una posibilidad habitual para muchas familias argentinas. En su lugar apareció una lógica marcada por el cálculo permanente, donde cada compra implica evaluar prioridades, resignar consumos y administrar recursos cada vez más limitados.

Un estudio realizado por Youniversal junto a la asociación civil Ser Prójimo analizó cómo los hogares de ingresos medios bajos y bajos reorganizan su economía cotidiana frente a la pérdida de poder adquisitivo. El trabajo identificó cambios que ya no se limitan a reducir cantidades, sino que modifican la forma de consumir y planificar la vida diaria.

Los datos muestran que los ajustes alcanzan simultáneamente a múltiples rubros. En promedio, los hogares de clase media baja recortaron más de cinco categorías de consumo durante el último año, mientras que en los sectores de menores ingresos la reducción supera las seis categorías.

 

Comprar para hoy y no para el mes

Una de las transformaciones más visibles es la compra diaria. En lugar de abastecerse para varias semanas, muchas familias optan por adquirir únicamente lo necesario para cada jornada.

La estrategia responde a una realidad marcada por la incertidumbre. La falta de previsibilidad sobre precios e ingresos lleva a concentrar las decisiones en el corto plazo, priorizando lo urgente por encima de cualquier planificación más extensa.

El relevamiento señala que una parte importante de los hogares busca promociones, compara precios con mayor frecuencia, recurre a mayoristas y prioriza productos de menor costo.

 

La carne deja de ser protagonista

Entre los cambios más notorios aparece la alimentación. La carne vacuna, históricamente asociada a la mesa familiar argentina, perdió presencia en muchos hogares debido a su costo.

En su lugar ganaron terreno opciones más económicas, especialmente distintas preparaciones con pollo. También se redujo el consumo de productos considerados no esenciales, como snacks, postres, bebidas o alimentos vinculados al disfrute cotidiano.

Para muchas familias, el asado o determinados cortes dejaron de formar parte de la rutina y pasaron a convertirse en consumos excepcionales.

 

El precio le gana a la marca

La fidelidad a determinadas marcas también comenzó a desaparecer.

Los consumidores priorizan el valor final del producto por encima de preferencias históricas y se muestran más dispuestos a probar alternativas económicas o segundas marcas.

La comparación permanente de precios se transformó en una práctica habitual, mientras que los envases pequeños volvieron a ganar protagonismo como una forma de administrar mejor el dinero disponible.

 

Menos ropa, menos salidas y más ferias

La vestimenta aparece entre los rubros más afectados por los recortes.

Muchas familias extienden la vida útil de la ropa, recurren a ferias barriales, intercambios, reventa o donaciones. En los hogares con niños, las compras suelen concentrarse exclusivamente en lo indispensable para la escuela o el abrigo.

El ajuste también alcanza al entretenimiento. Salidas, comidas fuera de casa, plataformas de streaming y actividades recreativas figuran entre los gastos que con mayor frecuencia quedan relegados.

 

Productos básicos que empiezan a medirse uno por uno

La presión sobre los ingresos también impacta en artículos de higiene y limpieza.

Algunas familias optan por reemplazar productos líquidos por alternativas más económicas, diluir detergentes o elegir presentaciones más pequeñas para hacer rendir cada compra.

La situación genera que elementos cotidianos como un shampoo, un desodorante o un jabón pasen a evaluarse individualmente dentro del presupuesto familiar.

 

Jóvenes que trabajan para ayudar en casa

El estudio también detectó un crecimiento de actividades económicas realizadas por adolescentes y jóvenes.

La venta de ropa, las changas, la reventa de productos y distintos servicios aparecen como herramientas para generar ingresos adicionales destinados tanto a gastos personales como al sostenimiento del hogar.

Según los especialistas, se trata de una tendencia que refleja cómo las dificultades económicas aceleran responsabilidades que antes solían llegar en etapas posteriores de la vida.

 

Una economía basada en pequeñas decisiones

Lejos de limitarse a recortar gastos, las familias desarrollan estrategias para sostener su vida cotidiana. Comparan precios, combinan distintos comercios, aprovechan descuentos, modifican hábitos de consumo y reorganizan prioridades constantemente.

El resultado es una economía doméstica marcada por decisiones mínimas, donde cada peso adquiere una importancia central y donde la pregunta dejó de ser qué se quiere comprar para convertirse en qué se puede sostener.

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