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El País

Tinta en la piel, prejuicio en la oficina: el tatuaje ya es mayoría en el país, pero el trabajo sigue mirando de reojo

Una investigación muestra que seis de cada diez argentinos están tatuados, casi nadie se arrepiente y las mujeres lideran la tendencia, aunque el ámbito laboral continúa siendo el espacio más restrictivo.

Lo que hace apenas veinte años se asociaba a la rebeldía o a lo marginal hoy forma parte del paisaje cotidiano. El tatuaje dejó de ser una señal contracultural y se convirtió en una marca identitaria extendida en la Argentina: el 60% de la población tiene al menos un diseño en la piel. Sin embargo, esa aceptación social no es total y encuentra su mayor resistencia en el mundo del trabajo.

Un relevamiento reciente confirma que la práctica se volvió masiva, especialmente entre jóvenes y mujeres, y que ya no responde únicamente a una cuestión estética. Para una gran parte de quienes se tatúan, la tinta funciona como una forma de expresar historias personales, emociones o momentos clave de la vida.

 

Mujeres al frente y poco arrepentimiento

El estudio revela una diferencia marcada entre géneros: las mujeres no solo se tatúan más que los hombres, sino que además acumulan mayor cantidad de diseños. En promedio, ellas tienen tres tatuajes, mientras que los varones rondan los dos. Lejos de quedarse en una experiencia aislada, muchos continúan sumando marcas con el paso del tiempo: casi un tercio de las personas tatuadas posee más de seis.

Otro dato que rompe con viejos prejuicios es el arrepentimiento. La idea del “error de juventud” pierde fuerza frente a los números: solo una minoría dice lamentar haberse tatuado. En la mayoría de los casos, el motivo principal ya no es “verse bien”, sino darle sentido a una vivencia personal o simbólica.

 

El trabajo, el último bastión del prejuicio

A pesar de la normalización social, el ámbito laboral aparece como el espacio donde la mirada crítica persiste con más fuerza. Tres de cada cuatro personas consideran que es en el trabajo donde los tatuajes todavía generan desconfianza, juicios o límites implícitos.

No todos los rubros reaccionan igual. Hay sectores donde la tinta convive sin conflictos y hasta se asocia con creatividad y autenticidad, como marketing, tecnología, diseño o gastronomía. En cambio, en profesiones más tradicionales —como derecho, salud o finanzas—, aunque los tatuajes son cada vez más comunes, siguen existiendo tensiones vinculadas a la imagen profesional y los códigos formales.

 

Mirada a largo plazo

Lejos de pensar en el futuro con culpa o vergüenza, casi la mitad de las personas tatuadas asegura que dentro de 30 años sentirá orgullo por sus diseños. El tatuaje aparece así no como una moda pasajera, sino como una narrativa personal que acompaña el paso del tiempo.

La tinta ya ganó la calle y los cuerpos. El desafío pendiente parece estar puertas adentro de las oficinas, donde la piel todavía dice más de lo que muchos están dispuestos a aceptar.

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