Habían pasado unos minutos de las 22.30 y había terminado de tocar Ojos Locos. Omar Emir Chabán se acercó a la cabina de sonido, tomó un micrófono y se dirigió al público: “No sean pelotudos. No tiren bengalas. Si alguien prende algo nos morimos todos”. Había más de 6 mil personas en el boliche. Callejeros subió al escenario. El público rugió. “¿Entendieron, les quedó claro a todos... Se van a portar bien?”, lanzó Pato Fontanet. Por las dudas volvió a preguntar. “¿Se van a portar bien?”. El público contestó. “Buenas noches, Cromañón”. El show comenzó. Los acordes sonaron. Dos minutos y medio después, una de las bengalas tocó la media sombra del techo. A partir ahí, todo fue una pesadilla. 194 personas murieron. Y ya nada volvió a ser igual en el mundo del rock.
Nunca se pudo saber con certeza quién lanzó esa bengala que desató la tragedia. Pero la Justicia busco desentrañar la cadena de culpables de lo ocurrido. La condena más alta recayó sobre Chabán. “Me convertí en una especie de talismán del mal, en el gran responsable de todo”, afirmó ante los jueces antes de su sentencia. No declaró una sino muchas veces. En cada aparición, volvía a repasar los movimientos de aquella noche, la seguridad del local, la imputación sobre el que generó el desastre lanzando esa candela. Era a ellos a los que el dueño de Cromañon acusó por la masacre.
“Jamás fumé, nunca tomé ni siquiera una cerveza, ¿cómo se explica que de un día para otro me volviera loco y alentara el incendio y las casi 200 muertes? Todas las personas que estamos acusadas aquí somos buena gente, Raúl Villarreal, que por lo que cobraba miren en lo que está metido, los chicos de Callejeros, los funcionarios, todos estamos en esta orgía de dolor”, decía.
Sin embargo, más allá de sus palabras, la imagen de Chabán se convirtió en la cara del gran culpable. Para esa altura, ya era un personaje público fácilmente identificable. “A mí me gusta creerme que soy importante. Por eso no caigo bien: soy un poco fanfa”, confió en una entrevista para el libro Noche tras noche. Hijo de árabes (su padre era de Yabroud, Siria, el mismo pueblo de la familia de Carlos Menem) y educado en un colegio alemán de Villa Ballester, Chabán fue el artífice de los lugares que cobijaron a la cultura de los ‘80: café Einstein, Cemento, Die Schule. Sus bigotes, sus polleras, su performance, su exposición... Le gustaba la excentricidad. “¿Quién es usted?”, le preguntaron en una nota en 1998. “La potencia del fracaso; soy un genio, pero derrotado”.
En 2004, decidió abrir Cromañón. “La zona es medio fulera pero después de ver el lugar, que es como un gran estadio cuadrado, hablé con los dueños para alquilárselos por tres años”, le dijo al diario La Nación cuando lo estaba por inaugurar. “Ciertos grupos me decían que les quedaba chico (Cemento). Con este lugar no creo que puedan decir lo mismo...”. En el corazón de Once, a metros de la terminal, ese boliche se convertiría en el sello de la tragedia en la noche del 30 de diciembre de 2004.
“En determinado momento y a poco de que comenzara a tocar el grupo ¨Callejeros¨, a la hora señalada, uno o algunos de los asistentes habrían encendido elementos de pirotecnia cuyas chispas habrían alcanzado aquellos materiales combustibles, más precisamente los que se hallaban en el techo del local, provocándose de esa manera un incendio. Al percatarse los asistentes de esa circunstancia y teniendo en cuenta el espeso y tóxico humo que resultaba del mismo, comenzaron a pugnar por salir del local, evacuación que se vio seriamente retardada a raíz de que la única puerta de emergencia se encontraba inhabilitada, como así también en razón de que de las 6 puertas de doble hoja por las que se accedía al local (por la calle Bartolomé Mitre 3066 y 3070) no todas habrían estado abiertas, lo cual impidió una correcta y veloz evacuación del local”, repasó la sentencia que reconstruyó los hechos. Los bomberos lograron abrir una puerta de emergencia. Otros asistentes salieron por el acceso del hotel contiguo. Pero muchos no lograron salir. Y otros, salieron y volvieron a entrar para rescatar a sus amigos sin darse cuenta del veneno que respiraban.
“Mientras acontecían los sucesos, el imputado Chabán habría proferido la frase ‘yo les avisé que esto podría pasar, ahora jódanse’, para luego huir del lugar sin prestar ningún tipo de colaboración”, señalaron dos testigos. De inmediato, la jueza de la causa, María Angélica Crotto, ordenó una seguidilla de allanamientos. La prensa reportaba que estaba prófugo. Lo encontraron sobre el final de la tarde de aquel día fatídico. Estaba arrumbado en el baño de un departamento de su propiedad. Tenía un cepillo de dientes y pasta dental. No llevaba dinero ni pasaportes. Quedó inmediatamente preso. Más tarde aseguró que estaba en shock. Que pensaba suicidarse.
En febrero del 2005, la jueza Crotto ordenó el procesamiento con prisión preventiva de Chabán por el delito de “homicidio simple en concurso real en 192 casos (más tarde se sumarían los otros dos fallecidos). “Las 192 muertes no han sido por obra del azar ni de la casualidad, sino por las omisiones y acciones del propio Chabán. Mientras cientos de personas luchaban por salir con vida del local a su cargo, Chabán se limitó a retirarse del lugar normalmente y con una actitud tranquila”, dijo la jueza. Pero advirtió que no era el único responsable y dictó el secreto de sumario.
Infobae