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Cerebro en alerta: por qué el miedo a perder el trabajo cansa más que trabajar diez horas

A diario vemos locales cerrar (y abrir). La inflación baja, pero parecemos vivir en incertidumbre. Si la economía está bien, ¿por qué no puedo estar tranquilo? En este informe de Nuevo Diario te contamos qué es lo que le pasa a tu cabeza.

Lidiamos con una sensación térmica que no mide el Servicio Meteorológico en Santiago del Estero, y es la extraña pesadez que se siente al cruzar nuestra plaza Libertad o al caminar por nuestras icónicas peatonales y zonas comerciales. Visualmente, se podría llegar a una conclusión: la ciudad miente. Donde hace un mes había una zapatería de años, hoy hay un cartel de alquiler, y al lado, donde ayer estaba vacío, hoy brilla una vidriera nueva con ropa de temporada o el boom de negocios de iPhones y accesorios para celulares. Esa dinámica de "entra uno, sale otro" genera una confusión que nuestro cerebro no termina de procesar: si hay crisis, ¿por qué abren negocios? Y si todo va tan bien, ¿por qué mi vecino se quedó sin laburo?

Esa contradicción visual es el escenario perfecto para un agotamiento mental silencioso que está afectando a gran parte de la población económicamente activa de la provincia. No se trata del estrés por exceso de trabajo, sino del estrés por la posibilidad de no tenerlo.

Los datos duros confirman que la percepción no es errada, solo que el paisaje se está transformando de manera dolorosa. Según un informe realizado por el Centro de Economía Política de Argentina (CEPA) y datos de empleo registrado, Santiago perdió en el último ciclo más de 270 empleadores formales. El golpe se sintió seco en la construcción —con obras públicas paralizadas que dejaron a casi 3.000 obreros sin casco— y goteó lentamente hacia el comercio. Sin embargo, la ciudad no se apaga. Sino que pareciera reciclarse. Muchos de esos nuevos locales que confunden la vista son, en realidad, pequeños emprendimientos, que suelen provenir de inyecciones de capital de indemnizaciones o ahorros familiares que buscan girar la rueda. No es crecimiento genuino, es supervivencia pura.

La silla vacía y el cerebro en alerta

Pero el verdadero impacto de este escenario no está en las persianas metálicas, sino en la cabeza del que todavía se levanta a trabajar todos los días. Los psicólogos laborales advierten sobre un fenómeno que crece en contextos de incertidumbre económica como el argentino: el "Síndrome del Superviviente".

Imaginemos la escena: una oficina pública o una pyme local. De diez escritorios, dos se vaciaron el último mes. Los ocho que quedan no solo absorben las tareas de los que se fueron, sino que empiezan a convivir con una pregunta tóxica que se repite: "¿Seré el próximo?".

Viviana Imperiale, especialista mendocina en psicología laboral y estrés, suele explicar que la incertidumbre es un depredador de energía mucho más voraz que la tarea concreta. Cuando uno trabaja sabiendo que las reglas del juego son claras, el cansancio es físico. Se duerme y se recupera. Pero cuando el cerebro entra en modo "alerta de amenaza", como ocurre hoy, se activa un mecanismo biológico de defensa que no se apaga al marcar la salida.

El trabajador santiagueño, en muchos casos, llega a su casa agotado, no por lo que hizo, sino por lo que pensó. Es el famoso "burnout por anticipación". La mente gasta una cantidad inmensa de glucosa y recursos cognitivos simulando escenarios catastróficos —qué pasa si cierran, cómo pago el alquiler, a dónde mando los chicos— que quizás nunca ocurran, pero que el cuerpo vive como si estuvieran pasando ahora mismo.

La indefensión de no saber

A esto se suma otro concepto que la psicología local ha estudiado a fondo en nuestras crisis cíclicas: la "indefensión aprendida". Es esa sensación paralizante de que, hagamos lo que hagamos, el resultado no depende de nuestro esfuerzo. En un contexto normal, si uno trabaja más y mejor, le va mejor. En un contexto de crisis sistémica, el empleado siente que su destino está atado a variables que no controla: el dólar, la coparticipación, el humor del mercado o la decisión de un dueño que ya no puede pagar la luz.

Esa falta de control es lo que liquida la motivación. No es vaguez, es defensa propia. El cerebro se desconecta para no sufrir. Por eso, esa "sensación rara" que se respira en las calles de nuestra provincia o al charlar con el empleado de la par, no es solo económica. Es el síntoma de una sociedad que está trabajando bajo amenaza, mirando de reojo cómo el paisaje urbano cambia de piel, intentando adivinar si el próximo cartel de "Liquidación por Cierre" será el de su propio día a día.

 

Pero aquí nos conocemos todos

Sin embargo, en medio de este vértigo de negocios que abren y cierran, Santiago guarda una carta bajo la manga que las grandes metrópolis envidian. Los sociólogos lo llaman "capital social", pero tiene nombres más simples: la familia, los amigos, el vecino de toda la vida.

Mientras que en ciudades masivas el desempleo o el miedo al despido empujan al individuo al aislamiento y al anonimato absoluto, en nuestra provincia la red de contención sigue siendo algo de todos los días. Aquí, "quedarse sin trabajo" es un golpe durísimo, pero rara vez significa quedarse solo. La cercanía propia de nuestra demografía hace que el "boca a boca" funcione más rápido que cualquier portal de empleo y que la solidaridad se active de formas informales pero efectivas.

Desde la psicología social argentina se ha estudiado mucho este fenómeno como un "factor de protección". Saber que uno cuenta con una red de apoyo —que hay alguien del otro lado del teléfono, que el domingo hay asado aunque la plata no sobre— reduce drásticamente los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Esa "comunidad" actúa como un chaleco antibalas emocional contra la incertidumbre del mercado. El santiagueño, por historia y por cultura, sabe tejer redes. Y en tiempos donde el excel de la economía se pone en rojo, esas redes son las que sostienen la salud mental.

Es cierto que el panorama visual confunde y que la estabilidad laboral parece hoy un bien de lujo. Pero si hay algo que la historia argentina nos tiene acostumbrados, es que la identidad de un trabajador no se define por la fragilidad momentánea de su puesto, sino por su capacidad de reinvención.

La "sensación rara" de la que todos hablan es real, pero también es transitoria. Hemos aprendido a navegar crisis peores con menos herramientas que las que tenemos hoy. La clave para que la cabeza no nos pase factura antes de tiempo es, quizás, cambiar el foco: dejar de mirar con obsesión la puerta de salida y empezar a valorar la fortaleza de lo que sí permanece.

Los locales pueden cambiar de rubro, las empresas pueden achicarse o mudarse, pero el capital humano —esa mezcla de resiliencia, oficio y la capacidad de aguantar el mal momento sin perder la risa— es un activo que ninguna crisis puede devaluar. La incertidumbre es el clima de la época, sí; pero la certeza de saberse capaz de remarla, pase lo que pase, es una decisión propia. Y en esa, los santiagueños tenemos una especialidad.

G.N

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