Una historia atravesada por la guerra, el dolor y la esperanza volvió a conmover a 44 años del conflicto del Atlántico Sur. En medio del horror que dejó la Guerra de Malvinas, surgió un vínculo inesperado que con el tiempo se transformó en una familia.
Todo comenzó cuando Graciela Lo Russo, con apenas 17 años, se sumó al Ejército Argentino para formarse como enfermera. Su destino fue el Hospital Militar de Campo de Mayo, donde empezó a asistir a soldados heridos que regresaban del frente. Entre ellos estaba Julio Ruggiero, un joven combatiente que había perdido una pierna y atravesaba un largo proceso de recuperación.
En un contexto marcado por cirugías, dolor y rehabilitación, la relación entre ambos fue creciendo. Primero como paciente y enfermera, luego como dos jóvenes que compartían la misma edad y una experiencia que los marcaría para siempre.
Con el paso de los meses, y ya finalizada la guerra, volvieron a encontrarse fuera del hospital. Lo que comenzó como una salida terminó consolidándose en una relación que no tardó en afianzarse. En noviembre de 1983 decidieron casarse y comenzar una nueva vida juntos.
A lo largo de los años, formaron una familia con tres hijos —dos de ellos vinculados a las Fuerzas Armadas— y hoy disfrutan de sus nietos en Mar Chiquita. Pero detrás de esa historia también hubo un fuerte acompañamiento emocional: Graciela estuvo al lado de Julio durante décadas, ayudándolo a sobrellevar las secuelas físicas y psicológicas que dejó la guerra.
El relato también pone en valor el rol de las mujeres en aquel contexto histórico. Graciela formó parte de la primera camada de enfermeras militares y asistió a cientos de soldados en uno de los momentos más críticos del país.
A más de cuatro décadas del conflicto, su historia se mantiene como un testimonio de resiliencia, amor y memoria, surgido en uno de los capítulos más duros de la historia argentina.