En 2010, una historia tan insólita como real dio la vuelta al mundo: María Ángeles Durán, una mujer española, aseguró ser la dueña del Sol y lo dejó asentado de manera legal ante un notario de Galicia. Sí, el Sol. El que sale todos los días.
La mujer se amparó en un vacío jurídico del Tratado del Espacio Exterior de 1967, que prohíbe a los Estados apropiarse de cuerpos celestes, pero no menciona de forma explícita a las personas individuales. Con ese argumento, avanzó con el trámite y firmó una escritura en la que consta que es propietaria del “Sol, estrella de tipo espectral G2 situada en el centro del sistema solar”.
La noticia explotó en medios internacionales y generó todo tipo de reacciones: desde incredulidad y memes, hasta debates legales sobre si semejante registro podía tener algún tipo de validez real. Para Durán, la lógica era simple: si otros podían “comprar” estrellas, ella también podía ir un paso más allá.
Lo más curioso llegó después. Tras hacerse viral el caso, algunas personas le enviaron supuestas demandas en tono de broma por “daños ocasionados por quemaduras solares”. Lejos de enojarse, María respondió con ironía: si efectivamente era la dueña del Sol, entonces podría empezar a cobrar por su uso… y repartir lo recaudado entre la gente.
Aunque el registro no tiene reconocimiento jurídico internacional, el caso quedó como una de las anécdotas legales más insólitas de los últimos tiempos y una muestra de hasta dónde puede llegar alguien cuando encuentra un hueco en la ley. Porque en el planeta Tierra, al menos por un rato, hubo alguien que dijo sin ponerse colorado: el Sol es mío.