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El día que la figura de la Virgen quedó intacta luego de un terremoto en Argentina

El devastador sismo que sacudió Mendoza en 1861 dejó miles de muertos y destruyó gran parte de la ciudad. Entre los escombros, una imagen de la Virgen de la Merced permaneció en pie, y el suceso se convirtió en un símbolo de fe.

El 20 de marzo de 1861, cerca de las 20:30, la provincia de Mendoza sufrió uno de los terremotos más destructivos registrados en la historia argentina. El movimiento sísmico, estimado entre 7 y 7,5 grados de magnitud, provocó el derrumbe de gran parte de la antigua ciudad y dejó miles de víctimas.

En aquel momento, Mendoza tenía aproximadamente 18.000 habitantes. La fuerza del terremoto provocó la caída de iglesias, edificios públicos y viviendas construidas principalmente con adobe. Las estimaciones históricas indican que entre 4.000 y 6.000 personas murieron como consecuencia del desastre.

Durante los días posteriores, las réplicas mantuvieron en alerta a los sobrevivientes y complicaron las tareas de rescate. La ciudad quedó reducida prácticamente a ruinas y los habitantes comenzaron una larga etapa de reconstrucción.

En medio de esa devastación surgió uno de los relatos más recordados por la comunidad mendocina. Entre los restos del antiguo templo de la Virgen de la Merced, una imagen religiosa permaneció intacta pese al colapso de gran parte de la estructura que la rodeaba.

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La figura se encontraba en la iglesia ubicada entre las calles San Luis, Montecaseros, Córdoba e Ituzaingó, y según la tradición, resistió el impacto del terremoto sin sufrir daños. Para muchos habitantes, aquel hecho fue interpretado como una señal de protección en un momento marcado por la tragedia.

Desde entonces, la imagen comenzó a ser conocida como la "Virgen del Terremoto" y adquirió un profundo significado religioso y cultural para la provincia.

Con el paso del tiempo, la figura fue trasladada al altar mayor del actual templo construido en 1909, donde continúa siendo venerada por los fieles. Su historia quedó grabada en la memoria colectiva de Mendoza como un símbolo de resistencia frente a una de las peores catástrofes naturales que atravesó la región.

Más allá de las creencias personales sobre el acontecimiento, el episodio forma parte del patrimonio histórico mendocino y representa la manera en que una comunidad encontró un símbolo de esperanza entre la destrucción y el dolor.

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