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Especiales

El robo de la Mona Lisa que convirtió a un cuadro en la obra de arte más famosa del mundo

En 1911, un empleado italiano logró sacar del Museo del Louvre una de las pinturas más valiosas de la historia sin despertar sospechas. El misterio duró más de dos años y transformó para siempre la fama de la obra de Leonardo da Vinci.

Hoy millones de personas hacen largas filas para contemplar la Mona Lisa en el Museo del Louvre de París. Está protegida por un vidrio blindado, rodeada de barreras de seguridad y vigilada permanentemente. Sin embargo, hace más de un siglo, la pintura más famosa del mundo desapareció sin que nadie se diera cuenta durante casi un día entero.

El robo de la obra de Leonardo da Vinci, ocurrido el 21 de agosto de 1911, no solo fue uno de los mayores escándalos de la historia del arte, sino también el episodio que terminó convirtiendo a la Mona Lisa en un fenómeno mundial.

A comienzos del siglo XX, la Mona Lisa era una obra admirada por especialistas y amantes del arte, pero estaba lejos de poseer la popularidad universal que tiene en la actualidad. El Louvre recibía miles de visitantes cada año, aunque las medidas de seguridad eran sorprendentemente básicas para una pieza de semejante valor.

Ese escenario fue aprovechado por Vincenzo Peruggia, un carpintero y vidriero italiano que había trabajado en el museo instalando los cristales protectores de varias pinturas. Gracias a ese empleo conocía perfectamente los pasillos, los horarios y las rutinas del personal.

 

Un plan tan simple como inesperado

El lunes 21 de agosto de 1911 el museo permanecía cerrado al público, como era habitual.

Vestido con el uniforme blanco de los empleados del Louvre, Peruggia ingresó al edificio sin despertar sospechas. Se dirigió hasta el Salón Carré, donde estaba exhibida la Mona Lisa, descolgó la pintura de la pared y la llevó hasta una escalera de servicio.

Allí retiró cuidadosamente el marco de madera y el vidrio protector. Luego escondió el pequeño panel de álamo —de apenas 77 por 53 centímetros— debajo de su ropa.

Según la reconstrucción de los hechos, cuando intentó abandonar el edificio encontró una puerta cerrada. Tras algunos minutos logró salir gracias a la ayuda involuntaria de otro trabajador que creyó que simplemente tenía problemas para abrirla.

Peruggia abandonó el museo caminando tranquilamente con una de las obras más importantes de la historia escondida bajo su abrigo.

Nadie notó la desaparición

Lo más sorprendente del caso fue que el robo pasó completamente inadvertido.

Durante varias horas, los empleados pensaron que la pintura había sido retirada para ser fotografiada o restaurada, una práctica habitual en aquella época.

Recién al día siguiente, un artista que acudió al museo para copiar obras maestras observó que el espacio donde debía estar la Mona Lisa permanecía vacío. Entonces comenzó una frenética búsqueda que terminó con el cierre total del Louvre.

La noticia recorrió rápidamente el mundo. Los diarios publicaron fotografías del espacio vacío y miles de curiosos acudieron al museo únicamente para contemplar el lugar donde antes colgaba la pintura.

 

Sospechosos inesperados

La investigación estuvo llena de episodios insólitos.

La policía interrogó a decenas de personas y llegó incluso a detener al poeta francés Guillaume Apollinaire, quien tiempo antes había defendido públicamente la idea de retirar obras del Louvre.

Su amigo, el joven pintor Pablo Picasso, también fue interrogado debido a que había adquirido unas esculturas robadas por un conocido de Apollinaire años antes.

Finalmente, ambos fueron descartados como sospechosos.

Mientras tanto, la Mona Lisa seguía oculta en un pequeño departamento parisino.

 

Dos años escondida en un baúl

Peruggia mantuvo la pintura durante más de dos años dentro de un doble fondo construido en un baúl de madera.

Afirmó posteriormente que nunca tuvo intención de destruirla ni de venderla al mejor postor. Según su versión, quería devolver la obra a Italia porque creía que había sido robada por Francia durante las campañas de Napoleón.

Sin embargo, esa creencia era errónea.

Leonardo da Vinci llevó personalmente la Mona Lisa a Francia a comienzos del siglo XVI, donde fue adquirida por el rey Francisco I mucho antes de la época napoleónica.

Vincenzo Peruggia, el italiano que robó la Mona Lisa después de ayudar a fabricar y colocar su marco de seguridad.

La caída del ladrón

En diciembre de 1913, Peruggia decidió contactar a un comerciante de arte de Florencia para ofrecerle la pintura.

El experto examinó cuidadosamente la obra y confirmó que era auténtica. En lugar de concretar la compra, avisó inmediatamente a las autoridades italianas.

Pocas horas después, la policía detuvo a Peruggia y recuperó la Mona Lisa en perfecto estado de conservación.

Antes de regresar a Francia, la pintura fue exhibida temporalmente en Florencia, Roma y Milán, donde miles de personas acudieron para verla.

En enero de 1914 volvió definitivamente al Museo del Louvre.

Un juicio con un final inesperado

Lejos de ser considerado un villano por muchos italianos, Peruggia fue recibido como una especie de patriota.

El tribunal tuvo en cuenta que la obra había sido recuperada intacta y que el acusado aseguraba haber actuado por motivos nacionalistas.

Fue condenado a una pena relativamente leve y pasó apenas unos meses en prisión antes de recuperar la libertad.

 

El robo que creó un mito

Paradójicamente, la desaparición convirtió a la Mona Lisa en la obra de arte más famosa del planeta.

Antes del robo era una pintura importante entre muchas otras del Renacimiento. Después de aparecer durante semanas en las portadas de periódicos de todo el mundo, pasó a convertirse en un símbolo universal del arte.

Décadas más tarde volvería a sufrir otros ataques. En 1956 un visitante le arrojó una piedra que dañó ligeramente uno de sus codos. En años posteriores también fue blanco de intentos de vandalismo con pintura, ácido y alimentos, aunque las medidas de protección evitaron daños mayores.

Hoy la Mona Lisa permanece detrás de un cristal antibalas especialmente diseñado para controlar la temperatura, la humedad y protegerla de cualquier agresión.

Más de un siglo después de aquel audaz robo, millones de turistas siguen viajando a París para contemplar durante apenas unos segundos el pequeño retrato que desapareció sin dejar rastros y cuyo misterio terminó convirtiéndolo en la obra de arte más célebre de todos los tiempos.

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