En diciembre de 1937, en plena Segunda Guerra Sino-Japonesa, las tropas del Ejército Imperial Japonés llegaron a Nankín, que por entonces era la capital de la República de China. Tras una intensa campaña militar y el colapso de la defensa china, la ciudad cayó en manos de las fuerzas invasoras el 13 de diciembre.
Lo que siguió a la ocupación militar trascendió el ámbito de la guerra convencional. Durante las semanas posteriores, miles de civiles y soldados chinos desarmados fueron víctimas de una campaña de violencia sistemática que la mayoría de los historiadores considera uno de los peores crímenes de guerra del siglo XX.
Seis semanas de terror
Tras la captura de la ciudad, numerosos soldados japoneses comenzaron una ola de ejecuciones, saqueos e incendios que afectó prácticamente a todos los sectores de Nankín. Civiles que no participaban en el conflicto fueron ejecutados junto con prisioneros de guerra, mientras barrios enteros quedaron destruidos.
Uno de los aspectos más estremecedores de la masacre fue la violencia sexual ejercida contra la población. Investigaciones históricas estiman que decenas de miles de mujeres y niñas fueron violadas durante la ocupación, muchas de ellas asesinadas posteriormente.
Las ejecuciones colectivas también se multiplicaron. Numerosos testimonios describen fusilamientos masivos en las afueras de la ciudad y junto al río Yangtsé, donde miles de personas fueron asesinadas y sus cuerpos arrojados al agua.
¿Cuántas víctimas hubo?
El número exacto de muertos continúa siendo objeto de debate entre historiadores, aunque existe un amplio consenso en que las víctimas se contaron por cientos de miles.
El Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, celebrado tras la Segunda Guerra Mundial, estimó que más de 200.000 personas fueron asesinadas durante la ocupación de Nankín. Otras investigaciones elevan la cifra hasta alrededor de 300.000 víctimas, mientras algunos autores sostienen estimaciones inferiores. Pese a las diferencias, la comunidad académica coincide en que la magnitud de la tragedia fue extraordinaria.
La zona de seguridad
En medio del caos, un pequeño grupo de diplomáticos, médicos, misioneros y empresarios extranjeros organizó una Zona Internacional de Seguridad para proteger a la población civil.
Entre quienes desempeñaron un papel destacado se encontraba el empresario alemán John Rabe, miembro del Partido Nazi, quien utilizó su influencia y la bandera alemana para intentar frenar los abusos y brindar refugio a miles de personas. También sobresalió la labor de la misionera estadounidense Minnie Vautrin, que protegió a mujeres y niños dentro de un colegio convertido en refugio.
Gracias a estos esfuerzos, decenas de miles de civiles lograron sobrevivir a la ocupación.
El juicio y las responsabilidades
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, varios oficiales japoneses fueron juzgados por crímenes de guerra. Algunos altos mandos recibieron condenas a muerte o largas penas de prisión por su responsabilidad en los hechos ocurridos en Nankín y en otras zonas ocupadas de China.
Las sentencias establecieron que las tropas japonesas habían cometido asesinatos masivos, violaciones y otros delitos contra la población civil, consolidando el reconocimiento internacional de la masacre como un crimen de guerra.
Una memoria marcada por la controversia
La masacre de Nankín sigue siendo uno de los temas más sensibles en las relaciones entre China y Japón. Mientras el gobierno chino la recuerda como un símbolo del sufrimiento causado por la invasión japonesa, algunos sectores nacionalistas en Japón han cuestionado la magnitud de los hechos o determinados aspectos de las investigaciones históricas.
Estas diferencias han generado tensiones diplomáticas durante décadas y han convertido el episodio en un tema recurrente en los debates sobre memoria histórica en Asia.
Un legado que permanece
Más de ocho décadas después, la masacre de Nankín continúa siendo recordada como uno de los episodios más brutales del siglo XX. Museos, memoriales y centros de investigación mantienen viva la memoria de las víctimas y promueven el estudio de los acontecimientos para evitar que hechos de semejante magnitud vuelvan a repetirse.
La tragedia representa no solo una de las mayores atrocidades de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, sino también un recordatorio de las devastadoras consecuencias que pueden tener la guerra, el odio y la deshumanización sobre la población civil.