Hace 45 años llegaba a los cines Popeye, la apuesta de Robert Altman para llevar al famoso marino a la pantalla grande. Con el debut cinematográfico de Robin Williams, la presencia de Shelley Duvall y un equipo creativo de renombre, el proyecto parecía destinado a triunfar. Sin embargo, detrás de escena se gestaba una tormenta que marcaría para siempre su historia.
La producción arrancó con la ambición de construir desde cero el pintoresco pueblo de Sweethaven en Malta. El set, levantado con un nivel de detalle pocas veces visto, consumió casi la mitad del presupuesto y dejó a la película sin margen para resolver imprevistos. Aun así, ese pueblo ficticio se convertiría en un atractivo turístico durante décadas.
Antes del inicio del rodaje, el equipo sufrió su primer golpe: Dustin Hoffman, elegido originalmente como protagonista, abandonó el proyecto tras una fuerte pelea con el guionista Jules Feiffer. Altman terminó eligiendo a Robin Williams, que se lanzó de lleno al desafío de interpretar al marinero de la pipa. Pero su tendencia a improvisar generó choques constantes con el director, que exigía apego total al guion.
A ese clima ya tenso se sumó un problema mayor: el consumo desenfrenado de cocaína en el set. Actores, músicos y miembros del equipo convivían con una presencia tan habitual que incluso se encontraron cargamentos escondidos dentro del equipamiento técnico. El ambiente de fiesta permanente, sumado al clima adverso y los retrasos, volvió casi imposible sostener una producción ordenada.
Las dificultades técnicas tampoco dieron tregua. Las prótesis de los brazos de Popeye llegaron tarde y lastimaron a Williams, obligando a suspender el rodaje. El musical se grabó con sonido directo, lo que dejó canciones casi inaudibles. Y la escena final, pensada como un gran clímax con un pulpo mecánico gigante, se convirtió en un desastre: el mecanismo falló apenas tocó el agua y nunca volvió a funcionar.
Con el presupuesto agotado y semanas de retraso, el estudio ordenó regresar a Estados Unidos sin posibilidad de retomas. El resultado fue una historia despareja, con huecos argumentales y decisiones estéticas que desconcertaron al público. La crítica fue despiadada en su estreno y el film quedó marcado como un fracaso, aun cuando logró recuperar su inversión y obtener ganancias internacionales.
El paso del tiempo, sin embargo, suavizó su reputación. Directores como Paul Thomas Anderson reivindicaron su singularidad, y la banda sonora —especialmente He Needs Me— encontró nueva vida en otras películas. Hoy, Popeye es vista más como una rareza fascinante que como un desastre absoluto.
La historia todavía suma capítulos: una nueva versión ya está en marcha, con Dwayne Johnson listo para convertirse en el marinero de las espinacas en la gran pantalla.