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Especiales Informe NDW

No se olviden de Cabezas: la memoria viva a 29 años de su asesinato

Nuevo Diario reconstruye el crimen que cambió la historia. A 29 años, la trama oculta y el conmovedor testimonio exclusivo del fotógrafo santiagueño Alberto Rodríguez.

 

La noche que apagó la fiesta

El verano de 1997 transcurría en una Pinamar que funcionaba como la vidriera obscena del poder. Políticos, modelos y empresarios convivían en una burbuja de frivolidad, lejos de la realidad económica del resto del país. La noche del 24 de enero, el empresario postal Oscar Andreani celebraba su cumpleaños, el evento social más codiciado de la temporada. Allí estaba José Luis Cabezas, reportero gráfico de la revista Noticias, trabajando y bromeando, sin saber que sus pasos estaban siendo cronometrados por una cacería humana que ya había comenzado.

A las 5:10 de la madrugada del 25 de enero, Cabezas decidió retirarse a su departamento temporal. Nunca llegó. Una banda mixta, compuesta por policías bonaerenses corruptos y delincuentes marginales conocidos como "Los Horneros", lo interceptó. Fue un secuestro operativo, frío y calculado. Lo golpearon, lo redujeron y lo obligaron a entrar en su propio vehículo, un Ford Fiesta blanco alquilado. La caravana de la muerte se dirigió hacia una cava en General Madariaga, una depresión en el terreno oculta de las miradas, ideal para la impunidad.

La ejecución fue de una crueldad burocrática. Hicieron arrodillar al fotógrafo. Le esposaron las manos a la espalda, dejándolo en absoluta indefensión. El oficial Gustavo Prellezo se colocó detrás y disparó dos veces a la nuca con un calibre 32. Pero la orden no era solo matar, sino borrar. Rociaron el cuerpo y el vehículo con combustible y prendieron fuego. Creyeron que las llamas consumirían la evidencia; sin embargo, el reloj pulsera de Cabezas se detuvo por el calor, marcando para la eternidad la hora del espanto y convirtiéndose en la primera prueba muda de la barbarie.

José Luis Cabezas
José Luis Cabezas

El rostro prohibido del poder

Para comprender la sentencia de muerte, hay que rebobinar la cinta un año. La Argentina estaba gobernada por Carlos Menem, y en las sombras operaba Alfredo Enrique Nallib Yabrán, un empresario con tentáculos en correos, aeropuertos y depósitos fiscales. Yabrán era el hombre más poderoso del que nadie conocía la cara. Su doctrina era el anonimato absoluto: "Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente", solía repetir a sus íntimos. Para él, la invisibilidad era sinónimo de impunidad.

José Luis Cabezas y el periodista Gabriel Michi montaron guardia durante semanas con un solo objetivo: humanizar al fantasma. El 16 de febrero de 1996, la paciencia dio frutos. Cabezas capturó a Yabrán caminando por la playa en traje de baño, relajado, junto a su esposa. Fue un disparo de obturador que resonó más fuerte que un cañón.

Cuando la revista Noticias publicó esa foto en tapa bajo el título "El rostro de la mafia" (y sus variantes editoriales), Yabrán sintió que había sido "desnudado". Ya no podía operar desde las sombras. Según reconstrucciones judiciales posteriores, el odio visceral hacia el equipo periodístico nació en ese instante. Gregorio Ríos, jefe de la custodia de Yabrán, recibió la orden tácita pero clara de que quería tener "un verano tranquilo" en el 97. Esa directiva se tradujo, en el dialecto criminal de su entorno, en la eliminación física del mensajero.

La tapa que le dio sentencia de muerte a Cabezas. La primera imagen pública de Yabrán.
La tapa que le dio sentencia de muerte a Cabezas. La primera imagen pública de Yabrán.

La trama del encubrimiento y la caída

El hallazgo del cuerpo calcinado desató una tormenta política que enfrentó al gobernador bonaerense, Eduardo Duhalde, con el presidente Menem. "Me tiraron un muerto", dijo Duhalde, interpretando el crimen como un mensaje mafioso interno del peronismo. La investigación inicial fue un campo minado. La Policía Bonaerense, apodada la "Maldita Policía" por su alto grado de corrupción y autonomía delictiva, intentó desviar la atención plantando pistas falsas. Apareció la ridícula hipótesis de la banda de "Pepita la Pistolera", delincuentes de poca monta que nada tenían que ver, usados como chivos expiatorios para proteger a los verdaderos autores.

Pero la presión social y periodística fue un dique de contención contra la mentira. La clave del esclarecimiento vino de la mano de la tecnología: el sistema "Excalibur". Este software permitió entrecruzar millones de llamadas telefónicas y reveló el mapa del delito. Las líneas trazaban un dibujo innegable que conectaba a la banda de "Los Horneros", pasaba por el oficial Prellezo, subía al jefe de custodia Gregorio Ríos y terminaba en las oficinas de Yabrán.

Acorralado por la Justicia y con un pedido de captura sobre su cabeza, Alfredo Yabrán huyó a sus tierras en Entre Ríos. El 20 de mayo de 1998, rodeado por la policía en su estancia San Ignacio, el hombre que creía ser dueño del país tomó una escopeta 12.70 y se disparó en la boca. Su suicidio cerró la acción penal en su contra, pero confirmó ante la historia su rol como instigador del crimen.

 

Una sociedad de pie: "No se olviden de Cabezas"

El asesinato de Cabezas rompió el contrato de apatía de la sociedad argentina de los 90. La gente entendió que si podían matar a un periodista con tal impunidad, nadie estaba a salvo. Nacieron las marchas multitudinarias. La imagen de los ojos de José Luis, penetrantes y acusadores, empapeló las ciudades desde La Quiaca hasta Ushuaia bajo la consigna: "No se olviden de Cabezas".

No fue solo un reclamo familiar, sostenido heroicamente por sus padres y su hermana Gladys; fue un grito cívico. Los reporteros gráficos instauraron los "camarazos": en cada acto oficial, levantaban sus cámaras y las dejaban en el suelo o disparaban flashes al unísono, un recordatorio ensordecedor para el poder político. Esta movilización constante fue la garantía de que el expediente no durmiera el sueño de los justos y se lograran las condenas a reclusión perpetua para los autores materiales e intelectuales en el juicio del año 2000.

Testimonio exclusivo: la mirada santiagueña

En este 29° aniversario, Nuevo Diario accedió al testimonio exclusivo de Alberto Rodríguez, un histórico reportero gráfico santiagueño. Con seis décadas de trayectoria, su voz representa la memoria viva de la profesión en la provincia y aporta una dimensión humana desgarradora al recuerdo de su colega.

"Los fotógrafos a veces con una imagen decimos muchas cosas sin mencionar una palabra", reflexiona el profesional, aludiendo a la potencia del trabajo de Cabezas que le costó la vida. En su relato, reconstruye con precisión dolorosa la secuencia final: "Lo esperaron a José Luis que dejara de trabajar... lo secuestraron y lo llevaron hasta unos kilómetros afuera de Pinamar. Encontraron una cava y ahí Prellezo le dio dos disparos".

El testimonio destaca un detalle que hiela la sangre: la premeditación de llevar "los bidones de combustible que estaban en el auto" para rociar el cuerpo. Para él, el crimen es una herida que no cierra, pero también un motor ético. "Es un estandarte que vamos a llevar muchos años como bandera del trabajo que realizamos los fotógrafos", sentencia, enviando un homenaje a la familia y subrayando la absurda razón de la tragedia: "Por una imagen". Sus palabras nos recuerdan que la libertad de prensa se defiende en cada disparo de cámara, en cada cobertura, en cada rincón del país.

 

Justicia y memoria en 2026

Al llegar a este 25 de enero de 2026, el caso Cabezas sigue generando noticias que ponen a prueba la moralidad de las instituciones. Gustavo Prellezo, el ex policía que ejecutó a Cabezas, estudió derecho en prisión y, tras obtener la libertad condicional y luego la extinción de la pena, intentó ejercer como abogado.

Sin embargo, este año marcó un hito en la justicia simbólica. El Tribunal de Disciplina del Colegio Público de Abogados ratificó la exclusión definitiva de su matrícula. El argumento fue contundente: quien atenta contra el sistema democrático asesinando a un periodista carece de la dignidad necesaria para ser auxiliar de la Justicia. Aunque los asesinos caminen libres por haber cumplido sus condenas temporales, la sociedad argentina les ha impuesto una condena perpetua: la del repudio.

Hoy, a 29 años, José Luis Cabezas no es un recuerdo del pasado. Es la vara con la que medimos nuestra democracia. Y su mirada, desde esos afiches que resisten el tiempo, nos sigue vigilando.

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