Conocido como Pata Seca, Roque José Florêncio (1828–1958) es una de las figuras más estremecedoras y, a la vez, más significativas de la historia esclavista en el interior de São Paulo, Brasil. Su vida estuvo atravesada por la violencia sistemática de un sistema que sometía cuerpos y borraba identidades. Pero su legado, aún fragmentado, sigue vivo en miles de personas.
Con una estatura que alcanzaba los 2,18 metros y un físico imponente, Pata Seca fue sometido a una de las prácticas más crueles dentro de las haciendas: fue convertido en un “esclavo reproductor”. Su función era engendrar hijos para aumentar la “mano de obra” de los dueños de la propiedad, una forma extrema de explotación sexual y reproductiva.
Los relatos orales que sobrevivieron al tiempo, transmitidos por generaciones de descendientes, sostienen que habría tenido más de doscientos hijos. La mayoría nació sin registros, lo que refleja la deshumanización profunda a la que eran sometidas las personas esclavizadas, cuyos vínculos familiares eran deliberadamente invisibilizados.
Tras la abolición, Pata Seca logró casarse y formar un hogar propio, ya en libertad. Vivió hasta una edad excepcional —se afirma que alcanzó los 130 años— y dejó una descendencia tan numerosa que, según estimaciones locales, casi un tercio de la población de una ciudad de la región podría tener un lazo genealógico con él.