El infarto agudo de miocardio es una de las principales causas de muerte en el mundo. Ocurre cuando una arteria coronaria se obstruye total o parcialmente, impidiendo que el oxígeno y los nutrientes lleguen a una zona del corazón. Sin ese aporte de sangre, las células del músculo cardíaco comienzan a morir en cuestión de minutos.
En la mayoría de los casos, la obstrucción se produce por la ruptura de una placa de grasa acumulada en la pared de una arteria coronaria. Cuando esa placa se rompe, el organismo intenta repararla formando un coágulo. Si el coágulo bloquea completamente el paso de la sangre, comienza el infarto.
Durante los primeros minutos, el tejido cardíaco afectado deja de recibir oxígeno. Las células empiezan a sufrir y el corazón pierde parte de su capacidad para contraerse con normalidad. Si el flujo sanguíneo no se restablece rápidamente, el daño se vuelve irreversible.
El síntoma más frecuente es un dolor intenso u opresión en el centro del pecho que puede extenderse hacia el brazo izquierdo, ambos brazos, la espalda, el cuello, la mandíbula o el estómago. También pueden aparecer falta de aire, sudor frío, náuseas, vómitos, mareos y una intensa sensación de angustia.
Sin embargo, no todos los infartos se presentan de la misma manera. Las mujeres, los adultos mayores y las personas con diabetes pueden experimentar síntomas menos típicos, como fatiga extrema, dificultad para respirar, dolor en la espalda o molestias digestivas, lo que en ocasiones retrasa el diagnóstico.
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A medida que pasan los minutos, el corazón puede comenzar a fallar como bomba. Esto favorece la aparición de arritmias, una disminución de la presión arterial e incluso un paro cardíaco súbito. Por ese motivo, los especialistas repiten una frase clave: "el tiempo es músculo". Cuanto antes se reabra la arteria obstruida, mayor cantidad de tejido cardíaco podrá salvarse.
El tratamiento consiste en restablecer el flujo sanguíneo lo más rápido posible mediante medicamentos que disuelven el coágulo o, preferentemente, a través de una angioplastia, procedimiento en el que se introduce un pequeño balón para abrir la arteria y, generalmente, se coloca un stent para mantenerla permeable.
Tras un infarto, la recuperación depende de la rapidez con la que fue atendido el paciente y de la extensión del daño sufrido por el corazón. Muchas personas pueden retomar una vida prácticamente normal con medicación, rehabilitación cardíaca y cambios en sus hábitos.
Los médicos recomiendan controlar la presión arterial, el colesterol y la diabetes, evitar el tabaquismo, mantener una alimentación saludable, realizar actividad física y consultar de inmediato ante cualquier dolor en el pecho que dure más de unos minutos o reaparezca después de ceder.
Reconocer los síntomas y actuar con rapidez puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. En un infarto agudo de miocardio, cada minuto cuenta y una atención médica precoz aumenta significativamente las posibilidades de supervivencia y reduce las secuelas sobre el corazón.