El racismo no es solo insultos en la calle o gestos ofensivos en redes sociales. La definición que usa la comunidad internacional lo explica claro: es una ideología basada en la idea de superioridad o inferioridad de grupos por su raza o características físicas, que sostiene estructuras sociales desiguales y discriminatorias.
En Estados Unidos, Brasil y muchos otros países, esta discusión se traduce en políticas públicas, estadísticas oficiales y reformas legislativas porque la evidencia histórica —y los datos— obligan a enfrentar el problema de manera explícita:
En Estados Unidos, por ejemplo, la recopilación de datos sobre raza es una prioridad gubernamental porque afecta desde derechos civiles hasta cómo se aplican leyes de vivienda o empleo. En 2024, el gobierno anunció nuevos estándares federales para recolectar información racial y étnica que impactarán decisiones públicas clave.
En Brasil, el racismo está tan presente que existe un Día Nacional de Denuncia contra el Racismo el 13 de mayo, cuando se conmemora la abolición de la esclavitud y se reflexiona sobre las desigualdades persistentes. A pesar de ello, estadísticas oficiales siguen mostrando brechas claras en salarios, acceso a educación y representación política entre blancos y negros/pardos.
En estos países, hablar de raza no es tabú: es una realidad con nombres, números y consecuencias sociales que se viven cotidianamente.
El “mito” argentino de no tener racismo
Argentina muchas veces se ve a sí misma como una sociedad “blanca” o “europeizada”. Ese relato ha sido tan eficaz que, incluso en el debate público, abordar el racismo concreto se vuelve difícil porque todavía se piensa que aquí no es tan evidente o “a lo gringo/brazuca”.
Sin embargo, hay datos que obligan a repensar esa narrativa:
La historia demográfica del país muestra que antes de la gran inmigración europea, la población consistía en pueblos originarios y afrodescendientes. Esa mezcla se reacomodó tras oleadas inmigratorias que impulsaron un proyecto nacional centrado en la “blancura”.
La inclusión de una pregunta para autoidentificación de afrodescendientes en el censo nacional solo ocurrió en 2010, y en el censo de 2022 se registraron unas 302.000 personas que se reconocen como afrodescendientes.
El propio Estado argentino reconoce que “opera un racismo estructural” que invisibilizó históricamente a la comunidad afroargentina y por eso creó comisiones para promover reconocimiento y equidad.
Además, investigadores como el argentino Daniel Mato señalan que el racismo en Argentina “está naturalizado”: se expresa no solo en actos individuales, sino en desigualdades persistentes en educación, salud y acceso a derechos, y muchas veces se percibe como algo menor o ajeno a nuestra realidad porque no lo miramos de frente.
Brasil y Estados Unidos: largas historias que sí se debaten
En Brasil, el racismo está en la discusión pública desde hace décadas y su peso es evidente porque la mayoría de la población —más del 56%— se identifica como negra o parda. Aunque existe todavía una jerarquía social basada en el color de piel, el reconocimiento público de esas desigualdades impulsa políticas como cuotas, campañas educativas o leyes que sancionan el racismo, incluso con penas de prisión.
En Estados Unidos, la historia del racismo está profundamente marcada por siglos de segregación, esclavitud y lucha por derechos civiles, algo que ha generado movimientos sociales potentes, legislación específica y un enfoque continuo en medir y enfrentar las desigualdades.
Esa pelea constante obliga a la sociedad a hablar el tema, a analizar cifras, a tener datos oficiales y a pensar en reformas. Chile puede pensar en crisis económica, Estados Unidos piensa también en cómo el racismo afecta el acceso a una vivienda, educación, justicia o salud.
Entonces, ¿por qué "a nosotros" nos cuesta más empatizar?
Una de las razones centrales es que a menudo confundimos racismo con actitudes individuales —insultos, agresiones— y no vemos su manifestación más profunda: estructural. Que algo no esté al frente de las noticias no significa que no exista.
Argentina también vivió procesos de discriminación racial, invisibilización de poblaciones afrodescendientes y prejuicios etnorraciales, pero muchas veces quedan en segundo plano, mezclados con clasismo o regionalismo en lugar de ser abordados como racismo explícito.
Ese fenómeno permite que se minimicen debates importantes que otros países sí dan: desde políticas públicas racialmente conscientes hasta estudios que midan cómo la raza impacta en la vida de las personas.
¿Qué significa hoy ser racista y cuáles son las consecuencias?
Ser racista hoy no es solo faltar al respeto a alguien; es:
- Mantener estructuras que favorecen siempre a determinados grupos y marginan a otros.
- No ver cómo las oportunidades de vida están distribuidas de forma desigual por color de piel, origen o apariencia.
- Naturalizar chistes o estereotipos que refuerzan prejuicios sociales.
¿Por qué deberíamos hablar más de esto en Argentina?
Porque el primer paso para transformar la sociedad es nombrar sus problemas, y el racismo —aunque a veces invisible— está ahí, impactando vidas. No se trata de culpas, sino de reconocer realidades y abrir diálogos más profundos.
Si Brasil o Estados Unidos ponen el foco en el racismo con tanta intensidad, es porque han aprendido que invisibilizarlo solo perpetúa heridas sociales que pasan de generación en generación.
Nuestro desafío como sociedad —y como país que se jacta de diversidad cultural— es dejar de pensar que “el problema está allá” y comenzar a verlo en nuestro propio espejo. Mirar de frente, con datos, con historia, con empatía.
Solo así podremos construir un futuro donde el respeto no sea un ideal, sino una práctica tangible.