A medida que se acercaba la Semana Santa, miembros de su comunidad en el condado de Bungoma lo desafiaron, exigiéndole que demostrara su divinidad muriendo en la cruz el Viernes Santo y resucitando al tercer día. Temiendo por su vida, Simiyu recurrió a las autoridades locales.
El líder religioso argumentó que “ya había sido crucificado una vez” y que su misión actual era vivir entre sus seguidores, no repetir el sacrificio. La intervención policial garantizó su seguridad durante la Pascua, evitando que se consumara la amenaza.
Sin embargo, el episodio puso a su secta bajo la lupa del gobierno, y poco después Simiyu fue arrestado por presunto adoctrinamiento ilegal. El caso quedó como un recordatorio surrealista de los límites entre la fe autoproclamada y la justicia civil.