La historia de Miguelito, un niño de 10 años, emocionó a vecinos y usuarios en redes sociales luego de conocerse el verdadero destino del dinero que ganaba vendiendo dulces a la salida de la escuela.
Cada tarde, al finalizar el turno escolar, el pequeño se instalaba con una cajita de cartón para vender chupetines y golosinas a un peso. Con esfuerzo lograba reunir entre 30 y 50 pesos diarios, mientras su mamá creía con orgullo que estaba aprendiendo a ahorrar para comprarse unos tenis.
Sin embargo, la verdad salió a la luz cuando la mujer notó que su hijo tardaba más de lo habitual en regresar a casa. Decidió seguirlo y lo encontró en una esquina del barrio, agachado dándole de comer a un gato callejero, visiblemente flaco. Miguelito llevaba una bolsa de croquetas que compraba con el dinero de sus ventas y llevaba meses alimentando al animal en silencio.
Al ser consultado por su mamá sobre por qué no le había contado, el niño respondió con una frase que la conmovió profundamente: “Si te decía, me ibas a decir que no gastara en eso, pero él me espera todos los días y no tiene a nadie más”. La madre, emocionada, confesó que tuvo que darse vuelta para que su hijo no la viera llorar.
Desde entonces, el gato fue bautizado “Dulce”, en honor al origen de la ayuda que recibe. La mamá decidió hacerse cargo de la compra de las croquetas para que Miguelito no gaste su dinero, aunque el niño continúa vendiendo dulces con un nuevo objetivo: juntar lo suficiente para llevar al gato al veterinario y colocarle sus vacunas.
Una historia simple, pero cargada de solidaridad, que volvió a demostrar que los gestos más grandes pueden venir de los más chicos.