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Especiales Cultura

Palabra insumisa: La poesía como ventana y salvación ante la crueldad

Una mirada del escritor y compositor Adolfo Marino "Bebe" Ponti que habla del valor de la palabra lírica: una paria del mercado que, al carecer de valor de cambio, se transforma en el último bastión de la libertad.

Frente al vértigo de una realidad mercantilizada, sorda e inhumana, la poesía emerge como un acto de resistencia íntimo y colectivo. A través de la profunda mirada del escritor y compositor santiagueño Adolfo Marino "Bebe" Ponti, desandamos el valor de la palabra lírica: una paria del mercado que, al carecer de valor de cambio, se transforma en el último bastión de la libertad del alma. Un recorrido que une la metafórica masividad del rock del Indio Solari con la huella eterna y sensible de Jacinto Piedra en el corazón de nuestro pueblo.

Vivimos en una época signada por la velocidad, el utilitarismo y una búsqueda constante de la productividad material. En este escenario, los seres humanos a menudo nos encontramos atragantados por las exigencias de una realidad que se vuelve difícil de sobrellevar, un paisaje cotidiano donde los vínculos se precarizan y el tiempo parece escaparse entre los dedos. Es allí, en medio del ruido ensordecedor del sistema, donde surge una pregunta fundamental: ¿Qué lugar le queda al arte? ¿Puede la poesía, esa antigua artesanía de la palabra, llegar a salvarnos?

Para comprender el alcance de este interrogante, es imperativo acudir a la voz de quienes han hecho de la belleza y el ritmo su trinchera. El destacado escritor, poeta y compositor santiagueño Adolfo Marino Ponti, entrañablemente conocido en nuestra cultura como "Bebe" Ponti, nos ofrece una de las reflexiones más lúcidas y conmovedoras sobre el verdadero sentido del hecho poético en los tiempos modernos.

Con una honestidad descarnada, Bebe Ponti define la naturaleza y el espíritu de la poesía con estas palabras que merecen ser grabadas a fuego:

"La poesía no va a cambiar el mundo, no va a hacer la revolución, pero va en contra de este mundo cada vez más cruel, sordo e inhumano. Se detiene donde hay velocidad, abre una ventana para volver a contemplar, a pensar, a ver el cielo, las estrellas, los astros, aquellas cosas que nos rodean, pero que hemos alejado de nuestras vidas para alcanzar otras materialidades, ajenas a lo fundamental del ser. La poesía no vende, ni conquista, ni somete, ni mata: es un instante donde la palabra, llena de música, de ritmo, de belleza, nos acerca a sentir lo sublime, la descarnada soledad del hombre, la agonía de la tarde, el silencio.

Desde el punto de vista material, la poesía no sirve para nada: no participa del funcionamiento mercantilista de la sociedad ni de las variables económicas del mercado, no produce plusvalía, es una paria de la literatura. Pero en esa falta de valor reside precisamente su valor. Ese lugar, de no pretender absolutamente nada que no sea un grito del alma, le da un carácter subversivo, rebelde, antisistema."

 

La gratuidad del alma frente al mercado

La agudeza del pensamiento de Ponti radica en desnudar la paradoja más hermosa de la poesía: su absoluta inutilidad comercial es, al mismo tiempo, la garantía de su pureza y de su poder salvador. En una sociedad donde todo se compra, se vende, se tasa y se consume de forma descartable, la poesía se niega a entrar en la cadena de montaje. No genera dividendos económicos ni cotiza en las bolsas de valores; por ende, es libre. Al ser una "paria de la literatura", no le debe obediencia a los patrones del consumo masivo.

Ese "lugar de no pretender absolutamente nada que no sea un grito del alma" es el que le otorga su condición subversiva. La poesía nos salva porque nos obliga a parar. En un mundo que nos empuja a correr sin saber hacia dónde, el poema nos exige detenernos frente al misterio de la existencia. Es un freno de mano al desasosiego. Nos devuelve la capacidad de contemplar la agonía de la tarde, de habitar el silencio y de aceptar, con dignidad y belleza, la descarnada soledad que nos constituye como seres humanos. Al abrir esa ventana hacia el cielo y los astros, la poesía nos rescata de las materialidades ajenas a nuestra esencia y nos devuelve el eje de lo fundamental.

 

Las metáforas colectivas: Del rock de masas al sentir de la tierra

Esta condición rebelde y antisistema de la poesía no es un ejercicio de eruditos aislados en una torre de marfil; por el contrario, cuando la palabra poética sintoniza con el latido de la gente, posee la capacidad de movilizar multitudes inexplicables para las frías variables del mercado. La metáfora, lejos de ser un mero adorno lingüístico, se convierte en el lenguaje con el que los pueblos interpretan sus dolores y sus esperanzas.

Será por eso que un millón y medio de personas despidió a un poeta del rock como el Indio Solari, que se expresaba con metáforas como estas:

Atragantados por los licores, soplando brasas en tu corazón. Vas a robarle el gorro al diablo… Juguetes perdidos, Luzbelito, 1996

Esos feligreses que acompañaron las misas ricoteras no buscaban un producto comercial digerido; buscaban cobijo en una lírica que les permitiera soplar las brasas de un corazón herido por las crisis y las intemperies sociales.

De igual manera, ese mismo fenómeno de apropiación afectiva ocurre en el interior profundo de nuestra patria, en el útero musical de Santiago del Estero. Allí, el pueblo no olvida a sus duendes y resguarda la memoria de quienes sembraron belleza en la tierra. Un claro ejemplo es el recuerdo eterno de Jacinto Piedra, quien dejó grabados en el alma del pueblo estos versos:

En un monte vecino cantó un cardenal; un mediodía de flechas lo quiso callar, pero su sol quería volverlo a escuchar.

La poesía de Jacinto, arraigada en el paisaje y en la mística de nuestro monte, sigue siendo un escudo contra el olvido. Aunque las "flechas" de la intolerancia, de la injusticia o de la muerte intenten callar el canto, el Sol de la memoria colectiva exige que la melodía vuelva a escucharse.

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