Un testimonio de cómo la mística piojera se renueva y se fortalece en las manos de las nuevas generaciones.
El show de Ciro y los Persas en el Nodo Tecnológico dejó postales de todo tipo, pero pocas tan sentidas como la de Ulises. A sus 10 años, este pequeño santiagueño demostró que para el rock no hay edad, sino pasión. Desde los 6 años, y por elección propia, Ulises comenzó a bucear en la estela que dejaron Los Piojos y a seguir el camino actual de Ciro, convirtiendo las canciones en la banda sonora de su infancia.
Entre banderas y ovaciones
El sábado por la noche, Ulises no fue un espectador más; fue parte activa de la fiesta junto a su papá, Federico González Castro. Entre el flamear de las banderas y la energía de los pogos, el pequeño se ganó el respeto y el cariño de los fanáticos de la vieja guardia. “Mucha gente se acercaba a Uli, lo saludaba y lo felicitaba por estar en el recital”, relató Fede, todavía emocionado por la respuesta del público hacia su hijo.
El legado
La conexión de Ulises con la música de Andrés Ciro Martínez comenzó en casa, compartiendo auriculares con su padre. Sin embargo, con el tiempo, el niño hizo suyo ese legado. “La pasamos hermoso. “Muy felices, la verdad, compartir con Uli esta experiencia es una gran alegría”, confesó Federico en exclusiva para El Multimedio, destacando el valor de compartir estos momentos que quedan grabados para siempre.
En una noche donde el rock se fundió con la chacarera, la presencia de Ulises nos recordó que el ritual está a salvo. Mientras haya padres que compartan su música y niños que elijan heredar esa mística, el “viento que todo lo empuja” seguirá soplando con fuerza en nuestra provincia.
Para toda la familia
El caso de Ulises no fue un hecho aislado, sino el reflejo de una tendencia que marcó la noche en el Parque Industrial. Como él, fueron cientos los niños y niñas que, sobre los hombros de sus padres o enfundados en remeras que les quedaban grandes, vivieron su bautismo de rock.
Esta masiva presencia infantil transformó el show en una verdadera celebración familiar, donde los padres no solo fueron a disfrutar de sus ídolos, sino a heredarles a sus hijos esa mística que ellos mismos abrazaron décadas atrás con Los Piojos. El Nodo Tecnológico fue testigo de cómo el rock nacional, lejos de envejecer, se rejuvenece en las nuevas generaciones de santiagueños.