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Opinión Horror en Córdoba

Agostina Vega y la Justicia dormida que llega cuando ya es demasiado tarde para todo

Cuando el Estado aparece al final, ya no protege: administra el espanto

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Agostina Vega.
Xavier María Ferrera Peña

Por Xavier María Ferrera Peña

El crimen de Agostina Vega no puede ser contado apenas como otro expediente policial. No alcanza con narrar la búsqueda, el hallazgo, el detenido, la conferencia de prensa, la marcha, la indignación y el dolor. Eso sería quedarse en la superficie de una tragedia que, antes de explotar en las pantallas, ya venía anunciada por una cadena de señales que el Estado no supo, no quiso o no pudo leer a tiempo.

Agostina tenía 14 años. Esa sola frase debería haber bastado para activar todos los resortes de protección. No para discutir formularios. No para esperar que la familia gritara más fuerte. No para que una fiscalía analizara con frialdad burocrática si el caso entraba o no en determinada ventanilla. Una adolescente desaparecida no es un trámite: es una urgencia vital.

Y cuando esa adolescente aparece asesinada, descuartizada y tirada como descarte, la pregunta ya no puede limitarse a quién la mató. Esa pregunta es imprescindible para la causa penal. Pero la sociedad tiene derecho a formular otra, mucho más incómoda: ¿quiénes fallaron antes de que la muerte se consumara?

El principal sospechoso, Claudio Gabriel Barrelier, debe ser juzgado con todas las garantías constitucionales. La presunción de inocencia no se suspende por la gravedad del hecho ni por la furia social. Pero la obligación de prudencia jurídica no puede convertirse en coartada para esconder el debate institucional. Porque aquí no se discute solamente la responsabilidad penal de un imputado. Se discute el funcionamiento de un sistema que, según surge de la propia reconstrucción periodística y de los planteos de la familia, tuvo advertencias previas, tuvo nombres, tuvo horarios, tuvo direcciones, tuvo antecedentes, tuvo una ruta posible de investigación y aun así llegó tarde.

La Justicia suele defenderse con una frase conocida: “actuamos conforme a derecho”. El problema es que muchas veces esa frase no explica nada. Es apenas una pared. Una manera elegante de cerrar la puerta. En los casos de violencia contra mujeres, niñas y adolescentes, actuar conforme a derecho no puede significar mirar papeles mientras la realidad se desangra. El derecho no es una ceremonia para justificar demoras. Es una herramienta para prevenir daños irreparables.

El caso Agostina expone una falla de sistema. No una falla aislada. No un error administrativo. No una confusión menor. Falla la recepción de las denuncias cuando se subestima a las familias. Falla la evaluación de riesgo cuando un antecedente grave se mira como un dato suelto y no como una alarma. Falla la coordinación entre fiscalía y policía cuando las primeras horas, las más decisivas, se pierden entre hipótesis cómodas. Falla el uso de herramientas como Alerta Sofía cuando su activación depende más del criterio defensivo de un funcionario que del principio elemental de protección. Falla la preservación de la escena cuando el lugar que pudo contener pruebas no se trata desde el minuto uno como un territorio sagrado para la investigación criminal.

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Y falla, sobre todo, la autocrítica.

Porque una cosa es explicar una investigación en curso y otra muy distinta es pararse frente a una sociedad quebrada por el crimen de una chica de 14 años y responder con tono de fastidio. La Justicia no está para retar periodistas ni para reclamar aplausos. La Justicia debe rendir cuentas. No por presión mediática. No por oportunismo político. Debe rendir cuentas porque administra poder público, decide libertades, ordena allanamientos, activa alertas, mide riesgos y, en demasiados casos, llega cuando ya no hay vida que proteger.

El fiscal puede decir que la causa anterior no le correspondía. Puede señalar que otro fiscal investigó, resolvió o archivó. Técnicamente quizá tenga un margen de explicación. Pero institucionalmente esa respuesta es pobre. Porque a la ciudadanía no le importa si el expediente dormía en un casillero o en otro. A la familia de una víctima no le sirve que el Estado se divida en mostradores. Para la gente común, la Justicia es una sola. Y cuando una chica termina muerta después de que su entorno pidió ayuda, dio datos y señaló sospechas, la explicación de competencia interna suena a burocracia lavándose las manos.

No se trata de reclamar prisión preventiva automática para todos los imputados. Ese camino sería peligroso, demagógico y contrario al Estado de derecho. La libertad durante el proceso es una garantía. Pero las garantías no obligan a la ingenuidad. Un sistema penal serio debe distinguir entre un imputado sin indicadores de riesgo y una persona señalada en una causa previa de violencia, con una imputación grave y condiciones judiciales de control. La ausencia de condena firme no equivale a ausencia de peligro. La falta de antecedentes “computables” no debería borrar los antecedentes reales que una fiscalía tiene delante de los ojos.

Ahí aparece el agujero negro de nuestra Justicia: mira la formalidad, pero muchas veces no interpreta el riesgo. Y en materia de violencia contra mujeres, adolescentes y niñas, no interpretar el riesgo puede ser una forma de abandono.

El Estado argentino tiene leyes, protocolos, capacitaciones obligatorias, fiscalías especializadas, sistemas de alerta, áreas de género, oficinas de asistencia a víctimas y discursos institucionales cuidadosamente redactados. Pero cuando una familia denuncia que no fue escuchada, cuando una alerta se demora, cuando una escena no se preserva, cuando un imputado con señales previas sigue circulando sin un monitoreo efectivo, queda al descubierto la verdad brutal: el problema no es la falta de nombres bonitos para los programas. El problema es que los mecanismos existen, pero no siempre funcionan cuando tienen que funcionar.

Alerta Sofía no fue creada para decorar comunicados. Fue pensada para actuar rápido cuando una niña, niño o adolescente está en alto riesgo. La perspectiva de género no fue incorporada a las capacitaciones públicas para llenar planillas. Fue diseñada para que fiscales, policías, jueces y funcionarios aprendan a leer patrones de violencia que durante décadas fueron minimizados como conflictos privados, asuntos de pareja, rebeldías adolescentes o exageraciones familiares.

Ese es el corazón del problema. En muchas investigaciones, la primera hipótesis sigue siendo la más cómoda: “se fue”, “está con alguien”, “ya va a aparecer”, “no hay que precipitarse”. La prudencia investigativa es necesaria; la pasividad disfrazada de prudencia es imperdonable.

En los casos de desaparición de adolescentes, el tiempo no es una variable más. Es la diferencia entre buscar a una persona viva y reconstruir un crimen. Cada hora perdida puede significar una prueba borrada, una cámara que se sobrescribe, una escena contaminada, un testigo que se diluye, un cuerpo que desaparece, una oportunidad que ya no vuelve. Por eso la respuesta estatal debe ser inmediata, coordinada y agresiva en términos investigativos. No agresiva contra la familia. No agresiva contra la prensa. Agresiva contra el reloj.

También hay una responsabilidad política. El ministro de Seguridad de Córdoba, Juan Pablo Quinteros, no puede quedar reducido al papel de acompañante de conferencia. Si la Policía actúa como auxiliar de la Fiscalía, perfecto: así debe ser. Pero el diseño de prevención, la capacidad de reacción, la formación de los efectivos, la toma de denuncias, el trato a las familias y la articulación operativa forman parte de una política pública. Y una política pública no se evalúa por lo que dice después de la tragedia, sino por lo que logra evitar antes.

La seguridad no es solamente patrulleros, drones, perros, buzos y rastrillajes televisados. Todo eso puede ser necesario. Pero cuando aparece al sexto o séptimo día, ya es la escenografía del fracaso. La verdadera seguridad empieza antes: en la denuncia que se toma en serio, en el antecedente que se cruza, en el riesgo que se evalúa, en la medida cautelar que se controla, en el allanamiento que no se posterga, en la alerta que se activa sin mezquindades.

El crimen de Agostina también interpela a la Justicia por su cultura interna. Ese reflejo corporativo que aparece cada vez que se pregunta quién decidió, por qué decidió, cuándo decidió y con qué información decidió. La independencia judicial no es impunidad comunicacional. Un fiscal no debe obedecer a la tribuna, pero tampoco puede blindarse frente a la crítica pública cuando su actuación queda bajo sospecha social. La rendición de cuentas no debilita a la Justicia. La fortalece. Lo que la debilita es el silencio, la soberbia y la incapacidad de reconocer que algo pudo haberse hecho mejor.

Porque siempre aparece la misma escena: una víctima muerta, una familia destruida, una marcha en la calle, funcionarios explicando procedimientos y una sociedad preguntándose por qué nadie escuchó antes. Después vienen las promesas. Después los comunicados. Después los homenajes. Después los pedidos de respeto. Pero el respeto verdadero a una víctima no consiste en hablar bajo en una conferencia. Consiste en construir un Estado que actúe antes de que esa víctima exista.

Agostina no necesitaba que el Estado explicara el horror. Necesitaba que lo evitara.

Esa es la medida del fracaso.

Y por eso este caso no debe cerrarse solamente con una condena penal, si la prueba finalmente la sostiene. Debe abrir una auditoría seria sobre la actuación de todos los organismos intervinientes. Hay que revisar cuándo se recibió la denuncia, qué datos aportó la familia, qué medidas se ordenaron, cuándo se pidió la Alerta Sofía, por qué no se activó antes, cuándo se allanó el domicilio señalado, cómo se preservó la escena, qué ocurrió con las causas previas del sospechoso, qué controles se dispusieron y qué funcionarios tomaron cada decisión.

Sin esa revisión, el sistema volverá a hacer lo que mejor sabe hacer después de cada tragedia: indignarse, prometer, esperar que pase la espuma y seguir igual.

La muerte de Agostina no puede ser absorbida por la maquinaria de la costumbre. No puede convertirse en otro nombre repetido en una marcha, en otra foto con velas, en otro expediente que duerme hasta el juicio. Tiene que incomodar a fiscales, jueces, policías, ministros y legisladores. Tiene que obligarlos a responder una pregunta sencilla y devastadora: si todo se hizo bien, ¿por qué salió todo tan mal?

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