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Che, Adorni... ¿Fin?

Se acostumbró a hablar desde un pedestal, convencido de que una ironía podía reemplazar cualquier explicación. Pero hasta los personajes más arrogantes descubren, tarde o temprano, que el último capítulo nunca lo escriben ellos.

Hay frases que terminan convirtiéndose en una marca registrada. Cristina Kirchner eligió durante meses comenzar sus críticas con un "Che, Milei...". Manuel Adorni, en cambio, encontró su sello en una sola palabra: "Fin".

Una manera de dar por cerrada cualquier discusión. De comunicar que no había nada más que explicar. De transmitir, en apenas tres letras, una mezcla de suficiencia, ironía y desprecio por quien pensara distinto.

Si finalmente su salida del Gobierno se confirma, no será solo el final de un vocero presidencial. También será el cierre de un estilo de comunicar que hizo de la burla una política de Estado.

Adorni no fue únicamente quien anunció medidas. Fue, muchas veces, quien eligió ridiculizar preguntas, responder con sarcasmo a periodistas, celebrar el conflicto en redes sociales y convertir la comunicación pública en una batalla diaria entre vencedores y humillados.

Puede haber sido efectivo para consolidar a un núcleo duro de seguidores. Eso nadie lo discute. Pero también ayudó a instalar la idea de que gobernar consistía en responder con memes, ironías y frases ingeniosas antes que con explicaciones.

Su famosa palabra "Fin" terminó simbolizando exactamente eso: el intento de clausurar el debate.

Paradójicamente, el propio Adorni quedó envuelto en situaciones donde las explicaciones pasaron a ocupar el centro de la escena.

Las discusiones públicas sobre sus declaraciones patrimoniales, las rectificaciones presentadas, las preguntas sobre distintos movimientos económicos y las críticas por viajes oficiales alimentaron un desgaste que ya no podía resolverse con una publicación ingeniosa en X.

Tampoco ayudaron algunas declaraciones que rápidamente se volvieron virales.

Resultó difícil para muchos argentinos escuchar hablar de "deslomarse" mientras se cuestionaban gastos, privilegios o decisiones que parecían alejarse del discurso de austeridad que el propio Gobierno intentaba instalar.

No se trata aquí de afirmar culpabilidades que deberán determinar los organismos competentes, sino de señalar una realidad política evidente: cuando un funcionario hace de la superioridad moral uno de los ejes de su discurso, cualquier inconsistencia —real o percibida— termina teniendo un costo mucho mayor.

Quizás ese haya sido el principal error de Adorni.

Confundir la comunicación con la provocación permanente.

Creer que cada conferencia debía dejar un ganador y un perdedor.

Pensar que gobernar también era coleccionar humillaciones públicas.

La política necesita firmeza. Incluso necesita, muchas veces, confrontación. Pero difícilmente pueda sostenerse sobre la base del desprecio constante hacia quien pregunta, critica o simplemente piensa distinto.

Los gobiernos pasan. Los voceros también.

Lo que permanece es el recuerdo del estilo con el que ejercieron el poder.

Y si algo quedará asociado al paso de Manuel Adorni por la Casa Rosada será esa manera de comunicar donde el sarcasmo ocupó, demasiadas veces, el lugar de las respuestas.

Hoy, si este escenario hipotético llegara a concretarse, la ironía ofrecería una última vuelta de tuerca.

Porque, después de cientos de publicaciones cerradas con una palabra que pretendía dar por terminado cualquier asunto, sería inevitable devolverle la gentileza.

Che, Adorni... Fin.

Manuel Adorni
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