Por Diego Ramos, politólogo
«No tienen ventanas, pero tienen un tremendo equipo de música». «Cocinaron como para cien y eran veinte». «Llega el fin de semana y se gastan lo que no tienen».
Seguro escuchaste estas frases, o quizás hasta las dijiste.
Desde una mirada externa y técnica, se suelen juzgar las prácticas de los barrios populares: se critica el parlante en la vereda o el esfuerzo "exagerado" por un cumpleaños.
Lo que esa mirada no logra decodificar es que, en contextos donde el sistema excluye, la fiesta es un modo de resistencia. No es un error de cálculo; es la afirmación de que la dignidad no sabe ahorrar.
Hoy vemos a muchos dirigentes y funcionarios que ya no transitan el barrio, o que solo aparecen en temporada electoral.
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Cuando los resultados no acompañan, el juicio rápido —y sin autocrítica— es: «¿Cómo puede ser que voten a sus propios verdugos?».Ese distanciamiento ha provocado que, en el imaginario colectivo, la política se asocie solo al conflicto vacío mediático o a la frialdad de la administración estatal.
Sin embargo, en los sectores populares ocurre algo que debemos aprender a leer: un sentido común que reacciona desde la politicidad que cada persona posee.
Esa intuición popular sabe que el poder no debería ser un laberinto de expedientes, sino un horizonte luminoso.
Porque la verdadera política no termina cuando se firma una ley; termina cuando esa ley se transforma en un acontecimiento vital: la fiesta.
Frente a un modelo económico que oprime y deshumaniza, el festejo comunitario es un acto de rebeldía. Es la declaración de que la vida, a pesar de todo, merece ser celebrada.
En el barrio, la música y la mesa compartida son el refugio donde el sistema no logra entrar. Es el espacio donde el "cuerpo sufriente" se reconoce vivo, digno y acompañado.
Pero ojo: no es una alegría aislada.
La fiesta popular conlleva una demanda política profunda; es un reclamo de justicia y equidad que se grita bailando.
No se trata de romantizar la pobreza con frases como «el argentino se las arregla» o «ya están acostumbrados». No.
En esa voluntad de vivir es donde nace la verdadera política: esa que busca producir y aumentar la vida, no solo administrar la escasez.
La política no empieza ni termina cuando el Estado llega al territorio. La voluntad de vivir en comunidad —ese "banquete de los iguales"— es una estructura justa que demanda, ahora sí, un Estado a la altura de las circunstancias.
La fiesta, entonces, se completa con el mejor indicador ético de una gestión de gobierno: si la comunidad logra satisfacer sus necesidades y reconocerse en el otro, surge la alegría. Es el momento en que la Potentia (el poder del pueblo) logra que la Potestas (las instituciones) cumplan su función de servicio.
También sabemos que esa fiesta se va apagando; resiste con alegrías que se pagan y encienden al mismo tiempo, mientras la crueldad de la realidad pega fuerte.
No se puede transformar la realidad desde un escritorio alejado del pulso de la calle. Es imperativo que quienes ocupan cargos en el gobierno vuelvan a insertarse en el entramado donde la vida resiste. La experiencia de los movimientos sociales clásicos, incluidos los punteros políticos, ha convertido a veces la lucha en un trámite burocrático más.
Las experiencias de solidaridad popular muestran que, hace tiempo, late un espíritu de movimiento comunal que ya no espera la vieja estructura del puntero que "baja" soluciones; hoy busca gestionar su propia vida, su territorio y sus recursos desde una intuición llamada autogobierno.
No se trata de un Estado por encima del pueblo, sino de un Estado que emane de él: se trata de un Estado comunal.
Para quienes se postulan en tiempos electorales y para la militancia de cada día, ya no es posible volver al territorio como quien visita un lugar extraño.
Deben volver para fundirse en la lógica de ese movimiento comunal de mujeres y hombres que demandan ser sujetos políticos.
La política no es algo que se le "lleva" a la gente, sino algo que ya está sucediendo allí donde la vida se organiza o donde nace la necesidad de organización.
Cuando las estrategias territoriales permiten que la política de justicia social recupere su sentido último, alcanzamos ese banquete compartido donde, finalmente, todo tiene sabor a fiesta.
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