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Opinión

El pulso y la tradición que se transforma: Milo J y el eco de Jacinto Piedra

¿Qué hubiese pasado si las líneas temporales de estos artistas se cruzaban? Posiblemente el arte y la música ya lo hicieron.

 

Artículo de Raúl Gómez Escobar.

Este texto explora el asombroso paralelismo entre Milo J y Jacinto Piedra, dos jóvenes disruptivos que, en épocas distintas, se atrevieron a sacudir el folclore desde sus márgenes. Mientras Jacinto electrificó la chacarera para una generación que despertaba a la democracia, Milo despoja lo urbano de sus artificios para devolverle el pulso de la tierra, demostrando que la tradición no es un objeto de museo, sino un organismo vivo que late con la misma fuerza en el asfalto de Morón que en los montes santiagueños.

Este año, Milo J (Camilo Joaquín Villarruel), cumple 20 y ya ha logrado que todas las miradas se posen sobre él, no solo por su talento métrico, sino por su capacidad de reflotar un sentir telúrico que parecía dormido en las nuevas generaciones. Ver a niños en coro entonando fragmentos de "Puente Pexoa" (popularizado por Horacio Guarany) o dejándose atravesar por la voz de Mercedes Sosa en "Jangadero", es asistir a un fenómeno que trasciende lo musical: es un umbral, una bisagra generacional donde los jóvenes vuelven a sentir la música con la misma intensidad que sus padres o abuelos. Camilo canta y vive el género no como algo ajeno, sino como una herencia que le pertenece y, a la vez, nos pertenece a todos.

Este suceso guarda una rima histórica fascinante con lo ocurrido en los años 80. En aquel entonces, otro joven de camisas coloridas, jeans y peinado rockero irrumpía en la escena: Jacinto Piedra (Ricardo Gómez Orona). Jacinto amaba la chacarera, pero se permitía habitar los conciertos de rock, imbuido por el aire de libertad de la vuelta a la democracia. Fue el mismísimo Horacio Guarany quien vio en aquel muchacho una fuerza distinta, posiblemente la misma esencia que hoy vemos en Milo cuando rescata voces fundamentales para integrarlas a su propio universo.

El folclore como organismo vivo

Como bien ha señalado el literato Bebe Ponti, el paralelismo es innegable. "Ambos entendieron que el folklore no es un museo, sino un organismo vivo. Si Jacinto electrificó la chacarera para que los jóvenes del 83 pudieran reconocerse, Milo despoja al género urbano de sus adornos genéricos para inyectarle el pulso de la tierra y la melancolía del barrio", comentó el poeta quimilense ante la consulta sobre este paralelismo. Es una irrupción necesaria: uno exploró lo electrónico para ritmos ancestrales; el otro reflota desde lo urbano voces que son el cimiento de nuestra identidad.

"Este vínculo no es solo estético, sino de sangre y pertenencia. Santiago del Estero es el puente: Jacinto a través de sus padres; Milo a través de su abuela santiagueña. Ambos convergen en la admiración por Cuti Carabajal y en la sensibilidad de productores como Santi Alvarado, quien trabaja para que el sonido contemporáneo no pierda ese aroma a 'tierra adentro'", remarcó Adolfo Marino Ponti.

Hoy, miles de infantes descubren a Silvio Rodríguez a través de Milo, del mismo modo que en los 80 muchos se escandalizaron —o se enamoraron— al escuchar el pulso de un gato o un escondido interpretado con guitarra eléctrica. Ricardo y Camilo, aunque de tiempos distintos, comparten una misma fortaleza musical que atraviesa el tiempo. Seguramente se habrían llevado muy bien, unidos por esa urgencia de transmutar lo establecido. Al escuchar a Milo hoy, el legado de Jacinto se vuelve perenne; nos recuerda que la tradición es eso que sucede constantemente cuando una cultura se siente viva. Milo J no está simplemente haciendo música; está nutriendo una identidad que vive, siente y se reconoce en el eco eterno de Santiago del Estero.

Esta conexión nos revela que la identidad cultural no se construye repitiendo fórmulas vacías, sino habitando el presente con la memoria encendida. Al igual que Jacinto en su momento, Milo J comprende que para que una raíz siga nutriendo el árbol, debe ser capaz de absorber el agua de la lluvia actual, aunque esta caiga sobre el cemento de la ciudad. No se trata de una moda pasajera, sino de una reivindicación del origen que permite a los jóvenes del interior y de las periferias encontrar un espejo donde su realidad urbana y su herencia familiar finalmente se abrazan sin contradicciones.

En definitiva, lo que ambos artistas logran es derribar las fronteras invisibles entre lo "moderno" y lo "tradicional", recordándonos que el corazón del pueblo late al mismo ritmo, sin importar si el sonido sale de una guitarra eléctrica o de un sintetizador. Es el triunfo de la sensibilidad sobre el algoritmo; es la certeza de que, mientras existan artistas valientes dispuestos a mirar hacia atrás para dar un paso adelante, nuestra cultura seguirá siendo ese fuego que no se apaga, sino que se transforma para seguir iluminando el camino.

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