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Opinión

Diego, del mito a la pelea pública por una razón sinrazón

El ídolo no está para defenderse como siempre lo hizo contra todos y de todos. Ahora quedan sus deudos y quienes, aun muertos, viven de él.

Dante Federico Luna

Por Dante Federico Luna

La muerte de Diego Armando Maradona dejó una herida imposible de cerrar para la Argentina. Pero el juicio posterior, y especialmente la manera en que se exponen públicamente sus últimos días, amenaza con abrir otra todavía más dolorosa: la degradación pública de un mito popular convertido en espectáculo permanente.

Lo que debería ser una búsqueda rigurosa de justicia terminó muchas veces transformado en una escena de exhibición colectiva. Abogados que litigan frente a las cámaras antes que en los tribunales. Testigos cuyas declaraciones circulan en tiempo real como fragmentos de un reality judicial. Filtraciones, audios, internas familiares, acusaciones cruzadas y hasta el escándalo de una magistrada vinculada a un documental clandestino que terminó provocando la nulidad del primer proceso.

El problema ya no es solamente jurídico. Es ético, cultural y hasta emocional para millones de argentinos.

Porque cada nueva audiencia revive imágenes devastadoras sobre los últimos días de Maradona: su deterioro físico, su soledad, el desorden médico, las disputas por el control de su entorno y las miserias humanas que suelen emerger cuando el poder, el dinero y la fama orbitan alrededor de una figura gigantesca. Todo eso ocurre bajo una exposición pública feroz que parece no tener límites.

El juicio, naturalmente, debe realizarse. La sociedad necesita saber si hubo negligencia, abandono o responsabilidades penales en la muerte del máximo ídolo del fútbol argentino. Los acusados tienen derecho a defenderse y la familia a exigir respuestas. Pero una cosa es la transparencia judicial y otra muy distinta es la espectacularización del dolor.

La anulación del primer juicio, tras conocerse la participación irregular de la jueza Julieta Makintach en un supuesto documental sobre el caso, terminó profundizando esa sensación de circo mediático alrededor de Maradona. El expediente dejó de ser únicamente una causa penal para convertirse en un producto de consumo masivo. Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la figura de Maradona sigue siendo utilizada incluso después de muerto?.

Resulta imposible no advertir cierta obscenidad en la manera en que se ventilan detalles íntimos de sus últimos días. Cada audio filtrado, cada fotografía médica, cada discusión familiar televisada erosiona un poco más la dignidad de quien alguna vez hizo feliz a un país entero.

Porque Maradona ya no puede defenderse.

Y quizás allí radica lo más doloroso de todo. El Diego que emocionó al mundo en México 86, el chico de Villa Fiorito que desafió a los poderosos y el futbolista que convirtió la rebeldía en arte hoy aparece reducido, muchas veces, a un expediente interminable de miserias humanas. La narrativa pública parece concentrarse más en el morbo de su decadencia que en la dimensión histórica de su legado.

Claro que el propio Maradona vivió siempre expuesto. Su vida fue excesiva, contradictoria y pública hasta el final. Pero incluso los personajes más desbordados merecen un límite de humanidad cuando mueren.

También existe un daño colateral pocas veces mencionado: el impacto emocional sobre sus hijos, nietos y afectos más cercanos. Las lágrimas de Dalma, Gianinna y otros familiares frente a cada nueva postergación judicial muestran que el proceso dejó de ser solamente una búsqueda de justicia para transformarse además en una revictimización permanente.

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Y detrás de ellos aparece otra víctima silenciosa: el pueblo maradoniano. Millones de personas que crecieron viendo en Diego algo más que un futbolista. Para muchos argentinos, Maradona representa identidad, orgullo popular y memoria colectiva. Por eso cada escena degradante del juicio también hiere simbólicamente a quienes lo veneraron.

Tal vez la gran deuda de la Argentina con Maradona sea justamente esa: nunca haber sabido protegerlo. Ni en vida ni después de muerto.

El riesgo es que, entre nulidades, escándalos, cámaras ocultas y operaciones mediáticas, el proceso termine alejándose de su objetivo principal: conocer la verdad.

Porque cuando la Justicia empieza a confundirse con el espectáculo, todos pierden. Pierde la credibilidad institucional, pierde la familia y pierde también la memoria de un ídolo que, más allá de sus errores, ocupa un lugar eterno en la historia argentina.

En medio de esta maraña de intereses, egos, operaciones mediáticas y disputas judiciales, la sensación más fuerte es que casi nadie gana verdaderamente. Pero sí hay sectores que obtienen beneficios parciales mientras la figura de Diego Maradona continúa expuesta hasta el límite.

Ganan, en primer lugar, quienes convierten el caso en un espectáculo permanente. Algunos abogados encontraron en el juicio una vidriera pública extraordinaria, donde cada declaración parece pensada tanto para el expediente como para las cámaras de televisión. La notoriedad mediática muchas veces se transforma en capital profesional, político o económico. En una sociedad atravesada por la lógica del show, aparecer en el “caso Maradona” otorga visibilidad inmediata.

También ganan ciertos sectores del ecosistema mediático. La muerte de Maradona produce rating, clics, reproducciones y debate constante. Cada audio filtrado, cada discusión familiar, cada testimonio dramático se consume con una intensidad pocas veces vista. Diego sigue siendo, incluso muerto, una maquinaria emocional capaz de monopolizar la atención pública argentina.

Pero esa ganancia es profundamente incómoda, porque se alimenta del dolor ajeno y de la degradación de una figura popular.

Hay además intereses cruzados más difíciles de medir: disputas económicas, posicionamientos internos dentro de la familia, peleas por legitimidad simbólica y hasta luchas de poder alrededor de quién representa “la verdadera voz” de Maradona. En muchos momentos, el juicio parece haberse transformado en un territorio donde distintos actores buscan imponer su relato sobre Diego.

Y mientras todos disputan protagonismo, el gran derrotado termina siendo el propio Maradona.

Porque el hombre que alguna vez unió a millones alrededor de una pelota aparece ahora fragmentado entre expedientes, acusaciones y miserias humanas televisadas minuto a minuto. El juicio corre el riesgo de desdibujar al ídolo detrás del escándalo permanente.

También pierde la Justicia. La nulidad del primer proceso por el escándalo alrededor de la jueza Julieta Makintach dejó una imagen devastadora para la credibilidad institucional. Cuando un caso de semejante trascendencia mundial queda envuelto en sospechas de exposición indebida y posibles intereses externos, la sociedad inevitablemente empieza a desconfiar. Y una Justicia que pierde credibilidad pierde una parte esencial de su autoridad moral.

Pierde además la familia, condenada a revivir una y otra vez el deterioro final de Diego frente a la opinión pública. Y pierde el pueblo argentino, que asiste con impotencia a una escena donde el mayor ídolo popular del país parece incapaz de encontrar descanso incluso después de muerto.

Quizás la pregunta más dolorosa sea otra: si después de todo esto habrá realmente justicia o solamente una interminable administración del escándalo.

Porque cuando una causa judicial deja de girar exclusivamente alrededor de la verdad y comienza a orbitar sobre intereses personales, cámaras y vanidades, el riesgo es que el juicio ya no sirva para sanar ninguna herida, sino apenas para prolongarla. Mientras Diego descansa en paz, ¿descansa en paz?

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