"La forma del agua" (2017), dirigida por el maestro mexicano Guillermo del Toro, es mucho más que un homenaje a los clásicos del cine de monstruos de la Universal. Es un poema visual, una fantasía gótica y, fundamentalmente, una profunda y conmovedora metáfora sobre la naturaleza maleable del amor y la urgente necesidad de la aceptación en un mundo que insiste en categorizar y marginar.
A través de su estética de cuento de hadas oscuro y su meticulosa ambientación en la América de la Guerra Fría, la película nos sumerge en un universo de personajes rotos y olvidados, donde el amor verdadero se revela como una fuerza de la naturaleza que no entiende de especies, barreras físicas, cánones sociales o ideologías políticas, fluyendo y adaptándose, con una resistencia inquebrantable, a su recipiente.
"La forma del agua" o en inglés “The Shape of Water”, es una aclamada película de fantasía gótica y romance, dirigida por el cineasta mexicano Guillermo del Toro y estrenada en 2017. La cinta fue un éxito rotundo, aclamada por la crítica y ganadora de cuatro premios Óscar, incluyendo Mejor Película y Mejor Director.
Argumento y el simbolismo
Ambientada en la ciudad de Baltimore durante la Guerra Fría (cerca de 1960), la historia se centra en Elisa Esposito (interpretada por Sally Hawkins), una conserje muda que trabaja en el centro de investigación aeroespacial secreto Occam.
Su vida solitaria da un giro inesperado cuando llega a las instalaciones un ser extraordinario y secreto: un hombre anfibio, capturado en el Amazonas y considerado un "dios" por algunas culturas locales. El ser es sometido a torturas y experimentos por parte del cruel coronel Richard Strickland (Michael Shannon), el antagonista de la película.
Elisa, impulsada por la curiosidad y la empatía, establece una conexión secreta con la criatura. A través del lenguaje de señas, la música y la comida, ambos desarrollan un profundo e inesperado vínculo amoroso. Al enterarse de que el gobierno planea diseccionar al anfibio, Elisa idea un plan para rescatarlo y liberarlo, con la ayuda de sus amigos marginados: su vecino artista gay Giles (Richard Jenkins) y su colega de trabajo Zelda (Octavia Spencer).
El agua como metáfora de la conexión
El simbolismo del agua es, como el título sugiere, el eje vertebrador de la narrativa, omnipresente desde el inicio hasta el desenlace. El agua no es solo el medio ambiente natural de la criatura anfibia, sino que funciona como el elemento unificador de la sensibilidad y la emoción pura. Representa un espacio libre de las ataduras y la rigidez del mundo "seco" y opresivo de la superficie, ese mundo dominado por la paranoia militar y el cinismo del villano Strickland.
En el agua, las barreras de la comunicación convencional se disuelven. Elisa, la protagonista muda, encuentra su voz y su propósito precisamente a través de este medio, donde la comunicación trasciende el lenguaje hablado y se vuelve pura empatía, un entendimiento visceral que no requiere palabras para ser comprendido o validado.
La Belleza Subversiva del "Otro"
La película desafía radicalmente la noción convencional de lo que la sociedad considera "monstruoso" o digno de afecto. La criatura anfibia, un "dios" venerable capturado del Amazonas y sometido a la tortura científica, es vista como un ser horripilante, una aberración que debe ser diseccionada para obtener una ventaja militar. Sin embargo, Elisa, con su propia "imperfección" de ser muda y su invisibilidad social como limpiadora nocturna, es capaz de percibir su brillo interior, su inteligencia y su alma.
Del Toro humaniza intencionalmente a la criatura y "monstrúa" al antagonista humano, convirtiendo al primero en una metáfora potente de aquellos marginados, "los otros", que no encajan en los cánones dictados por el poder hegemónico. El amor entre Elisa y el anfibio es, por tanto, un acto de rebeldía política y social, una elección consciente de ver más allá de las imperfecciones superficiales y abrazar la belleza intrínseca del ser. Es una reivindicación de la otredad, de lo que es diferente y, por ende, valioso.
Simbolismos
La película es una fábula sobre la aceptación, la tolerancia y la coexistencia pacífica de aquellos que son diferentes.
- La otredad: Del Toro utiliza a los personajes marginados (Elisa muda, Giles homosexual, Zelda afroamericana) y al "monstruo" para desafiar los cánones de "normalidad" impuestos por la sociedad de la época, mostrando que la verdadera humanidad reside en la compasión, no en la apariencia o el poder.
- El agua: El agua funciona como una metáfora central de la emoción, la fluidez y la libertad, un medio donde las barreras del mundo opresivo y rígido se disuelven.
- El amor como fuerza liberadora: El romance entre Elisa y el anfibio es un acto de rebeldía que trasciende las limitaciones físicas y sociales, demostrando que el amor es un lenguaje universal que no necesita palabras para ser comprendido.
El lenguaje de la aceptación
La relación entre Elisa y la criatura es la encarnación de un amor puro, desinteresado y radicalmente inclusivo. Elisa, al no poder hablar, se comunica a través del lenguaje de señas y la empatía silenciosa, estableciendo una conexión que no necesita el filtro del lenguaje verbal para ser comprendida o justificada. Este silencio compartido con la criatura resalta la idea de que el amor es, en su raíz, un lenguaje universal basado en la comprensión mutua, la compasión y la aceptación incondicional.
La película nos enseña que la verdadera conexión no se basa en la perfección superficial de una vida "normal" (representada por el sueño de Elisa del musical de Hollywood), sino en la capacidad de coexistir pacíficamente, cuidar del otro y encontrar la plenitud en la unión de dos almas, sin importar su "forma" o su origen. El amor se moldea a las necesidades de los amantes.
Al final, "La forma del agua" trasciende la etiqueta de un simple romance fantástico para convertirse en una fábula atemporal que celebra la compasión y la humanidad. Es un recordatorio poético y visualmente deslumbrante de que el amor, en su esencia más pura y liberadora, es tan fluido, adaptable y transformador como el agua misma, capaz de llenar cualquier vacío, sanar cualquier herida y, en última instancia, transformar la existencia de aquellos que se atreven a sumergirse en él, sin miedo a lo desconocido.