La partida de tres pilares fundamentales de la cinematografía nacional marca un vacío irreparable. Entre el Óscar, la militancia actoral y el realismo sucio, estos artistas no solo narraron la Argentina, sino que ayudaron a construir su identidad visual ante el mundo. Para los que amamos y disfrutamos el cine, que nos hemos visto más de una vez algunos clásicos del cine nacional, seguramente hemos visto algunas de la filmografía de Luis Puenzo, de Adolfo Aristarain y de Luis Brandoni. Porque las producciones audiovisuales en las que trabajaron, forman parte de un gen puramente argentino. Porque quien intenta explicar el cine nacional argentino, debe dar de ejemplos o recomendaciones algunas películas donde están involucrados los tres.
La industria del séptimo arte en Argentina atraviesa una de sus semanas más oscuras. En un lapso dolorosamente breve, el país ha perdido a tres de sus arquitectos más lúcidos: Luis Puenzo, Adolfo Aristarain y Luis Brandoni. Más allá de la coincidencia cronológica de sus partidas, lo que une a estos tres nombres es un legado de integridad artística y una capacidad inigualable para traducir la idiosincrasia rioplatense y mucho más profundamente, una identidad propia argentina que mezcla el costumbrismo del interior, las estéticas de lo urbano de las grandes ciudades, los paisajes de la música y los modismos, hasta llegar a las mismas narrativas y los guiones. Una identidad propia del lenguaje universal del cine. Juntos, representaron la excelencia de una generación que debió filmar entre las sombras de la censura y la luz de la democracia recuperada.
Sus estilos, aunque diversos, guardan una similitud fundamental: el compromiso con el relato humano y social. Mientras Puenzo buscaba la perfección técnica para narrar las heridas de la historia, Aristarain apostaba por un cine de género con alma de perdedores nobles, y Brandoni ponía el cuerpo y la voz a ese argentino medio, contradictorio y apasionado. El legado que dejan es un manual de supervivencia para la cultura nacional; una cátedra sobre cómo hacer cine con presupuesto limitado pero con una ambición narrativa infinita.
Brandoni: la voz y el gesto
En su extensa filmografía, obras como Esperando la carroza (1985) demostraron su timing para el grotesco criollo, mientras que en La Patagonia rebelde (1974) encarnó la lucha obrera con una intensidad conmovedora. No podemos olvidar su rol en Darse cuenta (1984), donde interpretó el renacimiento de la esperanza en la postdictadura, o su magistral vejez en La odisea de los giles (2019). Brandoni nos deja la enseñanza de que actuar es, ante todo, un acto de presencia y convicción política en el sentido más amplio de la palabra.
Puenzo: la mirada de la memoria
Su obra cumbre, “La historia oficial” (1985), no solo ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera, sino que se convirtió en el documento definitivo sobre el robo de bebés durante la dictadura. Sin embargo, su carrera también exploró horizontes internacionales con Gringo Viejo (1989) y nos regaló la poética La peste (1992). Puenzo fue un perfeccionista del montaje y del guion, alguien que entendía que para que un mensaje llegara al corazón, primero debía cautivar la mirada con una estética irreprochable.
Aristarain: la ética y el desierto
Películas como “Tiempo de revancha” (1981) y “Últimos días de la víctima” (1982) son piezas fundamentales del policial político argentino. Más tarde, con “Un lugar en el mundo” (1992) y “Lugares comunes” (2002), Aristarain alcanzó una madurez narrativa donde el diálogo era el arma principal para debatir sobre la utopía y el desencanto. Fue un director de actores excepcional, capaz de extraer la verdad más cruda de cada intérprete bajo un ritmo narrativo que nunca daba respiro al espectador.
Eternidad del celuloide
La conclusión de esta semana trágica nos obliga a mirar hacia atrás y ver cómo estas vidas se entrelazaron. No fueron islas; fueron un archipiélago. Compartieron no solo festivales y luchas gremiales por la Ley de Cine, sino también proyectos concretos. Aristarain y Brandoni trabajaron juntos en momentos fundacionales; la presencia de "Beto" en los guiones de Adolfo o el apoyo de Puenzo desde la producción y la gestión institucional hacia sus pares, formaron un ecosistema de colaboración que hoy parece difícil de replicar.
Nos dejan un cine que se pregunta quiénes somos. Nos dejan películas que son espejos y, a veces, martillos. La partida de Brandoni, Puenzo y Aristarain significa el cierre de un capítulo dorado, pero sus películas quedan como testimonio vivo de una Argentina que supo narrarse a sí misma con coraje. Hoy, el cine argentino está de luto, pero sus pantallas siguen encendidas gracias a la luz que ellos supieron proyectar sobre nuestras propias oscuridades.