El abuso sexual a menores tiene lugar en la intimidad, intramuros, en ausencia de terceros. El agresor se aprovecha de la confianza inocente de ese niño/a. Suele promover su obrar como “juegos”, dándole matices de naturalidad o siembra el miedo en su víctima por medio de amenazas directas o indirectas para comprar su silencio.
En la localidad de Herrera, departamento Avellaneda, una madre se enfrentó a uno de los momentos más difíciles de su vida. La historia entre un niño de 13 años y una nena de 9 comenzó hace tiempo, cuando el muchacho solía frecuentar la vivienda de la niña para jugar, pese a que vivían en barrios bastante alejados unos de otros. Mientras ambos se distraían con juegos varios, el mayor de los dos invitó a su “amiga” al kiosco, previo permiso de la progenitora de la niña.
Cuando la mujer se percató que los menores no regresaban, fue a buscarlos y los encontró en una zona montuosa en una escena que la acompañará por el resto de su vida: El niño sujetaba a su hija con una mano que le tapaba la boca, mientras con la otra intentaba bajarle el pantalón. Inmediatamente la mujer rescató a su hija y la puso a salvo, para luego radicar la correspondiente denuncia.