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Policiales TRIBUNALES

Por fin la prisión, te va a gustar: Un preso le propuso matrimonio a su novia en una audiencia

Sólo en Santiago del Estero, la cuna de historias y leyendas del país, se podía dar un hecho tan insólito como este

"Esta vez (¡por fin!) la prisión te va a gustar", dice Carlos Solari en una de las canciones de la banda que lideró más de 20 años junto a Skay Beilinson. La letra parece haber sido concebida para la historia que se dio a luz, hoy, en los tribunales provinciales. Un preso, que tal vez recupere la libertad, decidió engrilletar los destinos de su vida a los de su novia.

 

Mientras las papeletas con frases prediseñadas en latín y cerradas con el clásico y muchas veces falaz “Será justicia”, se amontonan en la sala de audiencias, afuera se urde un plan que no se ha visto en ninguna crónica policial, el verdadero "Robo del Siglo" tiene su génesis en un frío pasillo del Palacio de Justicia.

 

Mi formación académica en la Facultad de Derecho de Tucumán, ser cronista policial, novio de una de las mejores abogadas del país y un marginal por elección, me regaló cientos de historias de tiroteos, robos y persecuciones, de intrincados argumentos jurídicos para liberar o encerrar delincuentes, pero nada se parece a lo que ocurrió en los tribunales de Santiago del Estero.

 

 Un criminal, diremos presunto criminal, hasta tanto sea la Justicia la que le dé el mote que le corresponde, fue a su audiencia de prisión preventiva, con un plan que lo llevaría tras las rejas de por vida, fue a cometer un delito para el que no hay más condena que la perpetua, un crimen que lo juzga Dios, aunque un juez inscriba la “sentencia” en un acta: fue a su audiencia a robarse un corazón.

 

Con el sudor frío en la frente, el imputado tiene un solo amigo, su abogado defensor José Gabriel Herrero Medina, el banquillo de acusados y el del boxeador, son los dos lugares más solitarios en este mundo, cuando de repente se ilumina la sala y llega la única compañía que el hombre, sobre el cual se cierne la espada de Damocles, esperaba. A la sala acaba de entrar su novia para estar con él, antes de la audiencia que podría cambiar su suerte.

 

Es entonces cuando toda la logística, todo el planeamiento de este robo, minuciosamente urdido, empieza a hacer funcionar los engranajes de la maquinaria delictiva. Llegó el momento, como un todo crimen que se precie de “perfecto”, hay un escenario estudiado, una distracción que se puso en marcha y ejecutor con precisión quirúrgica.

 

En un movimiento pleno de coraje y con tiempismo suizo, el acusado se acerca a su novia y esquivando la mirada acusadora planta rodilla en suelo y toma su mano, la frase retumba mucho más que un “todos al piso”, éstas son palabras que hielan los corazones más ardientes. “Querés casarte conmigo”, lanza sin miramientos, ni piedad, las lágrimas y los besos de su víctima dicen todo, el crimen se ha perpetrado: el preso se robó el amor de su novia para la eternidad.

 

En este escenario, la audiencia de prisión preventiva se hace imposible, el hombre volverá a su celda al menos por un tiempo más, el lugar donde se dictará la sentencia más importante del acusado fue decidido ya, será la capilla del Penal o en la Iglesia del Pueblo de donde son oriundos los novios, habrá que esperar para saber el final de esta historia que empezó con una frase de Los Redondos y se cierra con el eco de Damas Gratis que resuena en una oscura cárcel: “Por tu culpa me hice ladrón, para robarte unos besos; y ahora termino preso, encerrado en esta prisión, de tu corazón, de tu corazón”.              

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