Ante el tiempo de dificultades por el que atraviesa el mundo entero, como consecuencia de la propagación del coronavirus, Cintia Suárez, una de las autoras del libro “Mama Antula, la mujer más rebelde de su tiempo” continúa compartiendo con todos los lectores de Nuevo Diario anécdotas de la beata santiagueña en tiempos de penumbras, así como también grandes historias de fe y devoción hacia las figuras más representativas del catolicismo.
La siguiente es la preparada de forma exclusiva para Nuevo Diario y, en este caso, nos presenta a un religioso ítalo-argentino, proclamado beato por la Iglesia Católica el 14 de abril de 2002 por el papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro de la Ciudad del Vaticano:
“Enfermero de profesión, llamado el pariente de los pobres por su trabajo y dedicación a los más necesitados. Si bien Artémides Zatti nació en Boretto, Italia, fue argentino por adopción ya que por las dificultades económicas la familia emigró hacia Bahía Blanca.
En Santiago del Estero, hasta hace poco, tuvimos a su sobrino nieto fray Eduardo José Zatti, quien era el guardián del convento San Francisco y también demostró una especial dedicación a los más necesitados.
Artémides Zatti, con apenas 20 años se consagró a la vida religiosa, ingresó al aspirantado de Bernal, pero por una enfermedad pulmonar tuvo que abandonarlo. Sin embargo, fue trasladado a Viedma donde en 1908 se consagró como salesiano coadjutor, es decir un laico consagrado y desde allí se dedicaría a cuidar la salud de los enfermos, en especial a los pobres y desamparados. Se desempeñó como farmacéutico y como director del hospital de Viedma. Su buen espíritu y su nobleza de corazón lo distinguen, dicen que cuando llegaba un enfermo al hospital preguntaba a las enfermeras “¿No tienen una camita para Jesús?”, y procuraba el alimento y medicina para cada uno de ellos sin recibir nada a cambio.
Su actitud ante la vida lo definía, no conocía de horarios para la atención, ofrecía todo lo que tenía. Uno de los médicos que conoció al “Enfermero de la Patagonia” aseguraba: “Don Zatti no solo era un habilísimo enfermero para practicar sus curaciones, sino que él mismo era una medicina, porque curaba con su presencia, con su voz, con sus ocurrencias, con su canto…”. Para Zatti, no había imposibles, conseguía los medicamentos más costosos, cuando llegaba a una casa muy humilde dejaba las medicinas y unos pesos en la cama para ayudar en todo sentido al enfermo.
Dentro de los hermosos y afectuosos recuerdos que dejó don Zatti en la Patagonia, hay uno que lo muestra tal cual era, cada vez que el hospital estaba colmado de pacientes y no había cama para uno más, lo llevaba a su casa lo acomodaba en su cama y él dormía en el suelo sobre una manta. Una noche, la morgue estaba sin espacio, un paciente falleció y ya no había lugar para él, se dice que don Zatti lo cargó en sus hombros y lo depositó en su cama, mientras él descansaba en el suelo. A siguiente día, le preguntaron si había tenido miedo, inteligentemente contestó ¿Por qué? Dormíamos los dos… Hay que tener miedo a los vivos, no a los muertos… Estos ni siquiera roncan…
Artémides Zatti solo puede definirse con palabras como humildad, pobreza, caridad, incondicionalidad y alegría. Merece una mención aparte la actitud que tenía ante los problemas. En cierta oportunidad, se le consultó respecto de las deudas y alegremente contestó ¿deudas?, ¿quién no tiene deudas? La gran deuda es con el Amor de Dios, que no hace diferencia. Se lo recuerda como el enfermero que visitaba a los pacientes en su bicicleta y llevaba su delantal blanco atado a la cintura. Don Zatti siempre les decía a los enfermos que se quejaban por el sabor de los remedios: Yo ya sé que tiene gusto feo… Pero justamente ahí está el secreto de la vida: ‘Hay que saber tragar amargo y escupir dulce’.
El 15 de marzo de 1951, don Zatti abandonaría este mundo, tras un accidente en una escalera se le despertó un cáncer que él mismo diagnosticó. El afecto de la población de Viedma que lo recordará para siempre llevó a que se construyera un monumento, además la calle principal lleva su nombre. El hospital Regional, que supo recibir a don Zatti también tiene su nombre.
Cuando a don Zatti se le preguntaba acerca de su vocación y profesión, respondía ‘Bueno… qué puedo decir… Yo solo curé enfermos…’”.