El silencio en los pasillos de la Escuela N° 40 de San Cristóbal, Santa Fe, es hoy un peso insoportable. Tras el ataque donde un alumno mató a un compañero e hirió a otros dos, la comunidad educativa busca respuestas que la lógica parece no ofrecer. Para desentrañar la complejidad de este fenómeno, la Lic. Patricia Núñez, especialista en psicopedagogía, propone una mirada sistémica sobre la violencia escolar y los desafíos de la salud mental en la adolescencia actual.
Durante este diálogo, la profesional abordó varios puntos como la detección de señales y los llamados “gritos silenciosos”, el rol de las redes sociales y el entorno digital, el impacto del trauma en el aprendizaje; la responsabilidad institucional y el abordaje de la salud mental; y cómo sobrellevar “el después” y la prevención.
Señales
Ante un hecho de violencia extrema entre pares, surge siempre la duda sobre el entorno. Desde la psicopedagogía, Núñez abordó primeramente los indicadores o conductas disruptivas que a veces pasan desapercibidas en el aula, que podrían estar alertando alguna situación. “Desde la psicopedagogía sabemos que los hechos de violencia extrema entre estudiantes no suelen surgir de manera repentina o aislada. En muchos casos, existen señales previas que expresan un malestar subjetivo profundo, aunque no siempre logran ser reconocidas como tales”, introdujo.
“Algunas de estas manifestaciones pueden ser cambios abruptos en la conducta —como el aislamiento o la irritabilidad—, dificultades para regular las emociones, expresiones reiteradas de enojo o injusticia, o una progresiva desvinculación del grupo de pares. También pueden aparecer formas simbólicas de la violencia, en dibujos, escritos o comentarios. Ahora bien, es importante ser cuidadosos: estas conductas no deben interpretarse de manera automática como indicadores de peligrosidad, sino como formas en que un niño o adolescente está intentando expresar algo que le sucede. En este sentido, más que preguntarnos por qué aparecen estas señales, el desafío es otro: si contamos o no con espacios institucionales que permitan escucharlas, comprenderlas e intervenir a tiempo”, planteó.
El ecosistema digital
Un eje clave es el rol de la virtualidad. Núñez advierte que las redes sociales actúan como una caja de resonancia que no da tregua. “Hoy la vida de niños y adolescentes transcurre tanto en espacios físicos como digitales. Lo que ocurre en redes sociales, grupos de mensajería o videojuegos no queda por fuera de la experiencia escolar, sino que la atraviesa profundamente. Cuando un conflicto nace en lo virtual pero impacta en el aula, la escuela no puede desentenderse. Su intervención es necesaria, pero no desde una lógica sancionadora, sino formativa”.
A su vez, señaló: “Esto implica generar espacios de diálogo, promover instancias de mediación, trabajar el uso responsable de las redes y acompañar a los estudiantes en el desarrollo de habilidades socioemocionales. La escuela no es una isla: el aula refleja la fractura de los vínculos sociales y digitales. Desde mi mirada, lo virtual también es un territorio vincular, y por lo tanto, también es responsabilidad educativa”.
El trauma y el aprendizaje
¿Cómo se vuelve a enseñar matemáticas o historia en un aula manchada por la tragedia? Núñez es tajante: "El cerebro bajo estrés postraumático no puede aprender. El miedo bloquea las funciones cognitivas superiores. Después de un hecho tan doloroso, el aprendizaje, tal como lo conocemos, se detiene. Aparecen el miedo, la tristeza, la confusión. Y eso es esperable”.
“En ese momento, la prioridad no es volver rápidamente a los contenidos, sino reconstruir un clima de seguridad emocional que permita, con el tiempo, retomar la tarea pedagógica. Para ello, es fundamental habilitar espacios de palabra, donde estudiantes y docentes puedan expresar lo vivido; acompañar las distintas formas del dolor; y trabajar con equipos especializados en salud mental”, enfatizó la profesional.
Y en el mismo punto, agregó: “La escuela necesita recuperar su función de cuidado. Y eso no sucede de un día para el otro. Sin sensación de seguridad, no hay aprendizaje posible. Primero se reconstruye el lazo; luego, el conocimiento”.
Responsabilidad institucional
La tragedia pone nuevamente sobre la mesa temas que son parte del debate actual en diferentes gabinetes interdisciplinarios de escuelas de ámbito privado y público. Porque tienen que ver con el contexto socioambiental donde viven los alumnos, sus entornos familiares, la economía regional y muchos otros indicadores. Muchas veces se pone el foco en el "alumno violento", pero la psicopedagogía mira el sistema.
“Muchas veces, frente a estos hechos, se buscan explicaciones en lo individual. Sin embargo, la psicopedagogía invita a ampliar la mirada hacia el sistema en su conjunto. En este punto, la presencia de equipos interdisciplinarios en las escuelas no es un complemento, sino una necesidad. Cuando estos espacios faltan o son insuficientes, los docentes quedan solos frente a problemáticas cada vez más complejas, y los estudiantes pierden oportunidades de ser escuchados y acompañados de manera sostenida”, explicó.
“Por eso considero que: la prevención no puede depender únicamente del esfuerzo individual. Requiere decisiones institucionales y políticas que fortalezcan a la escuela como espacio de cuidado integral”, puntualizó.
El "después" y la prevención
Una vez que ocurre el hecho, la comunidad queda fracturada. Finalmente, la licenciada advierte sobre el riesgo de la estigmatización y el "efecto contagio". El abordaje posterior debe ser quirúrgico: trabajar con los compañeros de la víctima, pero también con los del victimario, entendiendo que toda la comunidad está herida.
“El trabajo en este momento es delicado y requiere tiempo. Es necesario generar espacios de acompañamiento para los estudiantes, trabajar el duelo por la pérdida y evitar la estigmatización, tanto de la víctima como del agresor. También es importante prevenir reacciones de enojo o deseo de revancha, que pueden reproducir el circuito de la violencia”, sostuvo.
“Desde una perspectiva profesional, el objetivo no es solo contener, sino ayudar a elaborar lo ocurrido. Cuando una comunidad logra poner en palabras lo que duele, empieza también a construir caminos para no repetirlo. Si tuviera que sintetizar una idea, diría que estos hechos nos interpelan como sociedad. La violencia en la escuela no es un hecho aislado, sino la expresión de múltiples factores que, cuando no son escuchados a tiempo, pueden tener consecuencias irreparables. Por eso, más que buscar culpables individuales, el desafío es construir escuelas donde haya lugar para la palabra, la escucha y el acompañamiento. Prevenir no es anticipar lo imposible, sino estar disponibles para leer lo que muchas veces, en silencio, ya estaba ocurriendo”, concluyó Núñez.