La voz se quiebra apenas comienza el relato. No es sólo una historia personal: es la memoria de una época oscura que aún duele, que persiste, que vuelve una y otra vez en cada palabra. Marta Moukarzel, oriunda de la ciudad de Frías, reconstruye con palabras entrecortadas el destino de su hermano, una de las tantas víctimas de la última dictadura militar en la Argentina.
"Mi nombre es Marta Moukarzel…", dice, y en esa presentación sencilla se abre una historia que atraviesa décadas, generaciones, silencios. Su hermano, José René Moukarzel, era médico. Un hombre joven, formado, con vocación de servicio. Vivía en la ciudad de Córdoba junto a su esposa, Alicia Ester Desico. Se habían casado en 1973 y al año siguiente nació su hija. Era una vida en construcción, con proyectos, con sueños modestos pero firmes: una familia, una profesión, un futuro.
La detención llegó de manera abrupta, envuelta en acusaciones que el tiempo volvió difusas, casi irreales. "Asociación ilícita y falsificación de documento público… algo así era la causa", recuerda Marta, como quien intenta reconstruir un rompecabezas incompleto. Primero lo llevaron al Departamento de Informaciones Policiales (D2), un lugar que con los años quedaría marcado en la memoria colectiva como símbolo del terror. Luego fue trasladado a la penitenciaría.
"Lo visitábamos con su bebé… para que la viera", dice Marta. Y en esa imagen se condensa toda una época. "Era un clima de dolor", agrega.
El Golpe de Estado en Argentina de 1976 marcó un antes y un después. Con la irrupción del régimen, lo poco que quedaba de contacto se desmoronó. Se suspendieron las visitas. Se cortó toda comunicación. Y entonces, un día, llegó la noticia:"Nos enteramos que lo habían matado", dice Marta. Un militar de Frías fue quien llevó la información. El cuerpo fue trasladado a su ciudad natal. Allí, en Frías, pudieron darle sepultura. Un acto mínimo, casi excepcional en esos años, donde miles de familias ni siquiera tuvieron un cuerpo para llorar.
A diferencia de miles de casos, José René no figura entre los desaparecidos. Era, como lo define su hermana, "un preso legal". Estaba registrado, detenido bajo una causa judicial. Y, sin embargo, eso no lo protegió. Su destino fue el mismo: la muerte bajo custodia del Estado, en un sistema donde la legalidad era apenas una fachada.
Marta también nombra al responsable. Lo hace sin titubeos, con una precisión que sólo da el dolor sostenido en el tiempo. Recuerda que tenía 26 años. "Un ser joven… con tanta maldad para torturar a mi hermano, que también era joven", dice. Décadas más tarde, ese hombre fue juzgado y condenado. Estuvo preso, pero hoy cumple prisión domiciliaria.
En 1975, antes incluso del golpe, su cuñada, Alicia Ester Desico, fue secuestrada. Nunca más se supo de ella. Su nombre se suma a la larga lista de desaparecidos, a esa ausencia sin cierre que atraviesa generaciones. Marta menciona también a Jorge Bernabé Bravo. Lo sacaron una noche de su casa. Sin orden. Sin explicación. Sin regreso. "Nunca más lo vimos", dice. Otra frase breve. Otro vacío inmenso.
El relato no es lineal. Avanza y retrocede, se detiene, respira, vuelve a empezar. Como la memoria misma.
A casi 50 años de aquellos hechos, su testimonio no pierde vigencia. Por el contrario, adquiere una nueva dimensión en un presente donde, como señala, todavía hay discursos que relativizan, que niegan, que intentan poner en duda lo ocurrido.
"Hay comentarios que duelen", dice Marta. "Hay gente que sobrevivió a esa década infame… y otras no", concluye.