La madrugada del 20 de junio de 1820 murió Manuel Belgrano, uno de los protagonistas fundamentales de la historia argentina. Enfermo, debilitado y prácticamente olvidado por gran parte de la sociedad de su época, el creador de la Bandera Nacional atravesó sus últimos momentos en una profunda soledad y con una situación económica muy diferente a la de los grandes hombres de la independencia.
Durante sus últimos días, la enfermedad lo llevó a repasar los episodios que marcaron su vida: la creación de la Bandera a orillas del río Paraná, las campañas militares, el Éxodo Jujeño, la victoria de Tucumán, el triunfo de Salta y su lucha constante por la libertad del territorio.
Belgrano había dedicado gran parte de su vida y sus recursos personales al proyecto de una Nación independiente. Tras recibir una importante recompensa económica por sus victorias militares, decidió donar esos fondos para la construcción de escuelas, dejando en evidencia su compromiso con la educación y el futuro del país.
Murió sin riquezas y sus últimos gestos reflejaron su humildad
En sus últimos momentos, Belgrano fue asistido por el médico escocés Joseph Redhead. Como muestra de agradecimiento, le entregó su reloj de bolsillo de oro, uno de los pocos objetos de valor que conservaba, como reconocimiento por su atención durante la enfermedad.
El prócer falleció el 20 de junio de 1820, a los 50 años, en su casa familiar de Buenos Aires. Según los relatos históricos, sus últimas palabras estuvieron relacionadas con el destino del país: “Ay, Patria mía”.
La noticia de su muerte tuvo una repercusión limitada en una Buenos Aires atravesada por una profunda crisis política. Apenas un periódico de la época, El Despertador Teofilantrópico, dirigido por el padre Francisco de Paula Castañeda, informó sobre el fallecimiento y cuestionó la falta de reconocimiento hacia quien había sido una figura clave de la independencia.
El funeral de Belgrano fue sencillo y austero, lejos de la grandeza que años después tendría su figura en la memoria colectiva. Con el paso del tiempo, su legado creció hasta convertirse en uno de los símbolos más importantes de la identidad argentina.
Manuel Belgrano murió sin riquezas, pero dejó una herencia mucho más profunda: la Bandera Nacional, su compromiso con la educación y el ejemplo de un hombre que puso sus ideales por encima de sus intereses personales.