Mientras la Selección Argentina se prepara para afrontar un nuevo desafío en el Mundial 2026 frente a Cabo Verde, una tradición silenciosa vuelve a ocupar un lugar especial dentro del vestuario albiceleste.
Antes de cada partido, el utilero Mario Di Stéfano arma un pequeño altar en uno de los rincones del vestuario visitante, un espacio reservado para la fe que acompaña al plantel desde hace varios años y que se convirtió en una de las cábalas más importantes del grupo.
Entre las imágenes que forman parte de ese rincón sagrado se destacan la Virgen de Luján, una réplica en miniatura de la misma advocación, la Virgen Desatanudos, la Difunta Correa, un retrato de la Virgen con el Niño Jesús, San Expedito y una botella con agua bendita ilustrada con la Basílica de Luján.
La presencia de estos símbolos religiosos no es una novedad. Varios integrantes del actual plantel ya compartían esta tradición durante la conquista del Mundial de Qatar 2022 y las consagraciones en las Copas América, manteniendo intacta la costumbre de encomendarse antes de salir al campo de juego.
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La relación entre la Virgen de Luján y la Selección viene desde hace décadas. En el Mundial de México 1986, el plantel campeón también viajó acompañado por una réplica de la imagen religiosa. El encargado de ubicarla en cada vestuario era José Luis Cuciuffo, una costumbre que quedó marcada en la historia del fútbol argentino.
En la previa del cruce frente a Cabo Verde, mientras las cámaras apuntan al entrenamiento y las cuestiones futbolísticas, el plantel mantiene intacto ese ritual íntimo que, lejos de los flashes, continúa acompañando cada paso de la Albiceleste en la búsqueda de un nuevo sueño mundialista.