El 6 de agosto de 1945 quedó marcado como uno de los días más trágicos de la historia. A las 8.15 de la mañana, el bombardero estadounidense B-29 Enola Gay lanzó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la bomba atómica Little Boy. La explosión provocó una destrucción devastadora y causó alrededor de 80.000 muertes inmediatas. Detrás de los controles estaba Paul Tibbets, el hombre que eligió cumplir la misión y que, durante el resto de su vida, jamás manifestó arrepentimiento.

Tibbets falleció el 1 de noviembre de 2007, a los 92 años, en su residencia de Columbus, Ohio. Sus últimos años estuvieron marcados por problemas cardíacos y varios accidentes cerebrovasculares. Sin embargo, hasta el final mantuvo la misma postura frente a una decisión que generó profundas controversias durante décadas: aseguraba que había actuado correctamente y repetía que podía dormir tranquilo.

De estudiante de Medicina a piloto militar

Paul Warfield Tibbets Jr. nació el 23 de febrero de 1915 en Quincy, Illinois, Estados Unidos. Durante su juventud llegó a estudiar en la Universidad de Cincinnati y trabajó en una clínica, con la intención inicial de dedicarse a la Medicina. Pero su interés por la aviación terminó modificando sus planes.

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El 25 de febrero de 1937 ingresó al Cuerpo Aéreo del Ejército estadounidense y, al año siguiente, obtuvo su título de piloto. Su carrera militar avanzó rápidamente: durante la Segunda Guerra Mundial participó en 25 misiones de combate en Europa, pilotando bombarderos B-17.

Entre sus antecedentes figuró el primer ataque estadounidense de bombardeo pesado contra la Europa ocupada, en la ciudad francesa de Rouen. También trasladó a importantes figuras militares, como Dwight Eisenhower y Mark Clark, en operaciones vinculadas con la campaña aliada en el norte de África.

La elección para una misión que cambiaría la historia

En 1943 regresó a Estados Unidos y fue asignado a las pruebas de vuelo del B-29, un bombardero de gran tamaño que presentaba importantes dificultades técnicas, entre ellas problemas de sobrecalentamiento e incendios en sus motores.

En septiembre de 1944 fue seleccionado para encabezar el proyecto militar que debía preparar el uso de la primera bomba atómica en combate. Su responsabilidad consistía en organizar la unidad, adaptar los aviones y entrenar a las tripulaciones para una operación que se mantenía bajo absoluto secreto.

El 17 de diciembre de ese año asumió el mando del 509.º Grupo Compuesto, que llegó a reunir alrededor de 1.700 integrantes. Meses después, la unidad se instaló en la isla de Tinian, en el océano Pacífico, desde donde se prepararía el ataque contra Japón.

La operación implicaba enormes riesgos. El físico Robert Oppenheimer, una de las principales figuras del Proyecto Manhattan, había advertido sobre el peligro que representaba la onda expansiva para el propio bombardero. Por ese motivo, los aviones fueron modificados y las tripulaciones entrenaron para lanzar el artefacto desde una gran altura y alejarse rápidamente del lugar de la explosión.

Hiroshima, el objetivo elegido

A fines de julio de 1945 llegó a Tinian la bomba Little Boy. En Washington se habían considerado distintas ciudades japonesas como posibles objetivos, entre ellas Kioto, Hiroshima, Yokohama y Kokura. Finalmente, Hiroshima quedó seleccionada por sus características geográficas y estratégicas. Kioto fue descartada luego de que el secretario de Guerra, Henry Stimson, se opusiera a atacar una ciudad de gran valor histórico y cultural.

Tibbets redactó la orden de ataque el 1 de agosto y participó en la planificación del recorrido. El puente Aioi fue elegido como referencia para apuntar al centro de la ciudad.

Antes de la misión, reunió a los integrantes de su unidad y les explicó la magnitud de lo que estaban por realizar. Les aseguró que el ataque podía acelerar el final de la guerra. Sin embargo, no todos compartían el mismo entusiasmo.

Uno de los episodios de mayor tensión ocurrió con el copiloto Robert Lewis, quien se mostró molesto porque no sería él quien comandaría el vuelo. También cuestionó que el avión hubiera sido bautizado con el nombre de la madre de Tibbets, Enola Gay Haggard.

El lanzamiento que cambió el curso de la historia

En la madrugada del 6 de agosto, la tripulación recibió instrucciones especiales y pastillas de cianuro para evitar ser capturada si el avión caía en territorio enemigo. También contaba con protección para los ojos frente al intenso destello de la explosión.

El despegue fue una de las maniobras más exigentes. El B-29, con un peso aproximado de 65 toneladas, necesitó recorrer varios kilómetros antes de elevarse.

A las 8.15, el bombardero soltó Little Boy sobre Hiroshima. La detonación produjo una enorme bola de fuego y una nube con forma de hongo que pudo observarse desde el avión. La temperatura en las inmediaciones del punto de explosión alcanzó niveles extremos y la ciudad quedó devastada.

Tibbets ordenó un giro pronunciado para alejarse de la onda expansiva. Poco después, comunicó a sus compañeros que acababan de lanzar la primera bomba atómica utilizada en una guerra.

El Enola Gay regresó a Tinian durante la tarde. La tripulación fue recibida como protagonista de una operación militar histórica y sus integrantes recibieron condecoraciones. Tibbets obtuvo la Cruz de Servicio Distinguido por su actuación al frente de la misión.

Tres días después, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre Nagasaki, donde murieron decenas de miles de personas. El 15 de agosto, el emperador Hirohito anunció la rendición japonesa, que se formalizó semanas más tarde.

Los compañeros que no pudieron olvidar lo ocurrido

Aunque Tibbets defendió el bombardeo durante toda su vida, otros integrantes de la operación tuvieron una reacción muy diferente.

El copiloto Robert Lewis dejó registrada en su bitácora una frase que se convirtió en uno de los testimonios más conocidos de aquella jornada: “Dios mío, qué hicimos”. Con el paso de los años, además, realizó una importante contribución a un fondo destinado a ayudar a personas heridas por el ataque.

También Claude Eatherly, piloto de uno de los aviones meteorológicos que participaron en la operación, manifestó haber cargado con sentimientos de culpa durante el resto de su vida.

La diferencia entre esas experiencias y la postura de Tibbets alimentó el debate sobre las consecuencias morales del bombardeo. Mientras algunos reconocieron el peso de lo ocurrido, el comandante del Enola Gay rechazó cualquier expresión de arrepentimiento.

En marzo de 2005 volvió a dejar clara su posición: sostuvo que, si se encontrara nuevamente ante las mismas circunstancias, repetiría la decisión.

Una vida marcada por la controversia

Después de la guerra, Tibbets continuó su carrera en la Fuerza Aérea estadounidense. Ocupó distintos cargos en el Pentágono, participó en proyectos vinculados con el desarrollo de nuevos bombarderos y comandó unidades militares en Europa y Estados Unidos. En 1959 alcanzó el rango de general de brigada.

Su figura siguió generando polémica. En 1976 participó de una recreación del bombardeo atómico durante una exhibición aérea en Texas. La demostración provocó el rechazo de Japón y terminó con una disculpa formal del gobierno estadounidense.

En 1995, cuando el Instituto Smithsoniano preparaba una exposición por el 50.º aniversario del ataque, Tibbets cuestionó duramente la propuesta porque consideraba que presentaba el bombardeo desde una perspectiva que desmerecía la misión militar.

En 1966 se había retirado de la Fuerza Aérea y posteriormente ingresó a Executive Jet Aviation, una compañía de aviación privada con sede en Columbus, Ohio. Allí llegó a ocupar la presidencia entre 1976 y 1987.

El último pedido de Paul Tibbets

En el plano personal, Tibbets se había divorciado de su primera esposa, Lucy, y contrajo matrimonio con Andrea Quattrehomme en 1956, mientras cumplía funciones militares en París.

Pero uno de sus deseos más particulares estaba relacionado con su pasado como piloto. Antes de morir, dejó instrucciones precisas sobre el destino de sus restos: pidió que sus cenizas fueran esparcidas sobre el canal de la Mancha, una región que recordaba como uno de sus lugares favoritos para volar durante la Segunda Guerra Mundial.

El pedido se cumplió después de su fallecimiento, el 1 de noviembre de 2007. Tenía 92 años y había pasado sus últimos días bajo cuidados paliativos.

Su muerte cerró la vida de uno de los protagonistas directos del lanzamiento de la primera bomba atómica utilizada en combate. Sin embargo, la discusión sobre Hiroshima continuó abierta. Para Tibbets, aquella misión había sido una decisión militar necesaria; para los sobrevivientes y para quienes cuestionaron el ataque, representó una tragedia humana cuyas consecuencias todavía forman parte de la memoria histórica.