Bajar de peso no es una fórmula simple. Lejos de la idea de que todo depende de “comer menos y moverse más”, especialistas advierten que el proceso es mucho más complejo y que múltiples factores pueden hacer que una dieta fracase o no se sostenga en el tiempo.
Entre los principales motivos aparecen las dietas demasiado restrictivas, que suelen generar resultados rápidos al inicio pero son difíciles de mantener. La rigidez, la prohibición de alimentos y el bajo consumo calórico terminan provocando cansancio, ansiedad y abandono del plan.
Otro punto clave es la falta de sostenibilidad. Los especialistas coinciden en que un plan de alimentación debe adaptarse a la vida cotidiana de cada persona, contemplando sus hábitos, emociones, entorno y rutina. Sin esa adaptación, es común que el peso vuelva a subir.
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El estrés, la falta de descanso y los factores emocionales también juegan un rol central. Estas variables pueden alterar el apetito, aumentar la búsqueda de alimentos calóricos y dificultar la constancia en los hábitos saludables.
A esto se suman cuestiones biológicas como la genética, el metabolismo, enfermedades de base —como diabetes o problemas hormonales— y la pérdida de masa muscular, que pueden afectar directamente la forma en que el cuerpo regula el peso.
Además, el entorno actual tampoco ayuda: la disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados, el sedentarismo y el ritmo de vida acelerado generan un contexto que dificulta sostener cambios a largo plazo.
Frente a este escenario, los especialistas plantean un enfoque distinto: más que buscar resultados rápidos, el objetivo debe ser construir hábitos saludables, sostenibles y personalizados. El éxito, aseguran, no se mide solo en kilos, sino en mejorar la calidad de vida y mantener los cambios en el tiempo.
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