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Especiales CRÍMENES QUE MARCARON LA HISTORIA

La enfermera que prometía cuidar bebés y terminó convirtiéndose en una de las mayores asesinas seriales de la historia

Lo que parecía una obra de caridad terminó revelando uno de los casos más escalofriantes de Londres.

Agrandar imagen Amelia Dyer, ejecutada en Londres en 1896.
Amelia Dyer, ejecutada en Londres en 1896.

Cuando Amelia Dyer subió al cadalso de la prisión de Newgate, en Londres, el 10 de junio de 1896, ya sabía que no había escapatoria. Antes de que le colocaran la capucha y la soga ajustara su cuello, le ofrecieron pronunciar unas últimas palabras. Su respuesta fue tan fría como los crímenes que había cometido: “No tengo nada que decir”.

Tenía 59 años y acababa de ser condenada por uno de los casos más aterradores de la historia del Reino Unido. Aunque fue juzgada por un solo asesinato, los investigadores estimaron que podría haber terminado con la vida de entre 200 y 400 bebés durante más de tres décadas, una cifra que la convirtió en una de las asesinas seriales más prolíficas de todos los tiempos.

Un negocio construido por la desesperación

La historia ocurrió en la Inglaterra victoriana, una época en la que las madres solteras sufrían una fuerte condena social y carecían de protección económica. Muchas mujeres, abandonadas por sus parejas y sin recursos para criar a sus hijos, buscaban desesperadamente una salida.

Fue allí donde Amelia encontró su oportunidad.

Presentándose como enfermera y cuidadora, ofrecía hacerse cargo de los recién nacidos a cambio de una suma de dinero. Prometía encontrarles un hogar o criarlos hasta que fueran adoptados por otras familias. Su actividad formaba parte de un sistema conocido como "baby farming" o "granja de bebés", una práctica legal que funcionaba con escasos controles.

Sin embargo, detrás de aquella fachada respetable se escondía una maquinaria de muerte.

Con el paso de los años, Dyer dejó de mantener a los niños y comenzó a asesinarlos apenas llegaban a sus manos. Algunos morían por abandono y desnutrición; otros eran estrangulados con cintas o intoxicados con opio. El objetivo era simple: quedarse con el dinero sin asumir ningún gasto adicional.

Durante décadas actuó utilizando distintos nombres y mudándose constantemente para evitar sospechas. Mientras tanto, cientos de familias creían que sus hijos estaban siendo cuidados cuando en realidad eran víctimas de uno de los crímenes más aberrantes de la época.

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El hallazgo que termino con más de 30 años de impunidad

La caída de Amelia Dyer comenzó en marzo de 1896. Un barquero encontró flotando en el río Támesis, a la altura de Caversham, en la ciudad de Reading, un paquete envuelto en papel marrón. Dentro había el cuerpo de una bebé asesinada.

Lo que parecía un hecho aislado terminó convirtiéndose en la pista clave para descubrir una historia de horror.

Los investigadores analizaron el envoltorio y lograron identificar parcialmente un nombre y una dirección relacionados con Dyer. La información condujo a la policía hasta una vivienda ubicada en el número 45 de Kensington Road, en Reading, donde funcionaba una de sus denominadas "granjas de bebés".

Durante los allanamientos se encontraron prendas infantiles, documentos, recibos de anuncios publicados en periódicos y cintas idénticas a las utilizadas para estrangular a varias víctimas. Posteriormente, el dragado del río permitió recuperar más cuerpos de recién nacidos.

Las pruebas eran contundentes. Amelia fue arrestada el 4 de abril de 1896 y llevada a juicio pocas semanas después. El jurado tardó apenas cuatro minutos y medio en declararla culpable.

Aunque nació en Bristol y operó en distintas localidades inglesas, fue Reading la ciudad que quedó para siempre ligada a sus crímenes. Allí comenzó a desmoronarse la red que le permitió actuar durante más de treinta años sin ser descubierta.

El 10 de junio de 1896 fue ejecutada en la horca en la prisión de Newgate, en Londres. Su caso provocó una profunda conmoción en la sociedad británica y aceleró cambios en las leyes vinculadas a la adopción y la protección infantil.

Más de un siglo después, el nombre de Amelia Dyer continúa asociado a uno de los capítulos más oscuros y perturbadores de la historia criminal del Reino Unido.

 

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