La danza y la cultura de Santiago del Estero están de luto. Con profundo pesar se confirmó el fallecimiento de Oscar "Lechuga" Umbides (1963-2026), un referente inolvidable del zapateo, la docencia y el baile folclórico de la provincia. La triste partida ocurre en la antesala de lo que hubiese sido su cumpleaños número 63 mañana sábado 24, dejando un vacío inmenso en el ambiente artístico pero también una herencia de amor y arte que continuará latente a través de sus hijos y de su compañera de vida.
Los servicios funerarios para honrar su memoria se llevarán hoy a partir de las 8:00 en la Capilla de Cabildo, ubicada en la intersección de las calles Hernandarias y República del Líbano, donde familiares, amigos y la comunidad folclórica se darán cita para brindarle el último y merecido adiós.
Su despedida de los escenarios no pudo haber sido más simbólica: su última actuación la realizó rodeado de toda su familia en la ciudad de Las Termas de Río Hondo, recibiendo la ovación y el reconocimiento de más de 6.000 bailarines provenientes de 25 países en el marco del prestigioso Festival Internacional de Folclore Ashpa Súmaj. «Él vivió todos los sueños con nosotros», expresó conmovido su hijo Machy al recordar ese broche de oro para una vida entregada a las tablas.
Un talento nato nacido en el barrio y consagrado por los grandes
Nacido y criado entre el barrio Almirante Brown y el mítico Talaposo Viejo, la historia de "Lechuga" con el baile comenzó desde muy niño. Luego de dar sus primeros pasos en academias de barrio y formarse con el profesor Hugo Ábalos en el barrio Autonomía, su talento llamó rápidamente la atención del maestro Carlos Saavedra y de Adela Vignais Morris, quienes lo sumaron para integrar el emblemático Ballet Santiago del Estero.
Con apenas 14 o 15 años, el fútbol disputó su destino: hincha fanático de Club Atlético Mitre, llegó a probarse y deslumbrar con su habilidad con la pelota, pero las vueltas de la vida y los mandatos familiares terminaron inclinando la balanza hacia la danza, un camino del que jamás se apartaría.
Su destreza como zapateador era prodigiosa. "Zapateaba y volaba como un sapo flaco, tenía una agilidad terrible", recuerdan quienes lo vieron en sus primeros certámenes en Añatuya. Incluso el mismísimo Juan Saavedra recordó con emoción el impacto de conocerlo allá por 1983: «¡Qué limpieza, qué mudanza, qué criollo y qué bien santiagueño! Qué hermoso de llevarlos con Rina por el camino del arte, único», expresó el "Bailarín de los Montes" al despedir a su gran amigo.
Su figura también despertó el interés internacional. En sus años de juventud, el mítico "Diablito Santiagueño" lo vio bailar en una Salamanca y quiso llevarlo a realizar giras por el exterior. Aunque el ingreso a un trabajo estable en el Boletín Oficial de la provincia postergó aquellos viajes, "Lechuga" canalizó esos sueños en el motor de impulso para sus hijos, a quienes alentó sin dudar a conquistar escenarios internacionales, desde cruceros hasta el célebre Cirque du Soleil.
El amor con Rina, la Academia de Casa y la herencia familiar
A mediados de los años 80, durante una delegación municipal que viajó a representar a Santiago del Estero al Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires —fusionando el ballet municipal con la academia del profesor Ábalos para llevar cuadros costumbristas de la telesiada y las trincheras—, "Lechuga" conoció a Rina, el gran amor de su vida.
«Pensábamos los dos que iba a ser una aventura pasajera que iba a durar lo que dura una zamba, pero nos enamoramos hasta los huesos. Yo temblaba como una pluma cuando bailaba por los nervios, y él me decía: "No tengas miedo, baila conmigo, yo te voy guiando". Y así me hizo lo que soy hoy», relata Rina sobre aquellos más de 35 años de matrimonio y complicidad.
Tras casarse, transformaron el patio de su casa en una histórica academia de baile por la que pasaron generaciones de jóvenes de barrios como Reconquista, 8 de Abril y La Tradición. Allí se formaron bailarines, se armaron matrimonios y se moldeó la identidad de sus propios hijos —Machy, Daniel, Benjamín y Gabriel—, a quienes crió no solo como bailarines de excelencia (Machy ya era campeón nacional de zamba en Cosquín y Tucumán a los 8 años), sino como verdaderos amigos de la vida dentro y fuera del escenario.
Oscar "Lechuga" Umbides parte dejando el recuerdo de un hombre humilde, pícaro y generoso, cuya impronta criolla vivirá para siempre en cada repique y en cada mudanza sobre el suelo santiagueño.




















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