En un contexto social donde el acoso escolar y el bullying silencian las voces de miles de jóvenes, el arte emerge no solo como entretenimiento, sino como una herramienta de prevención y reparación emocional. Daniel Ramírez, referente del teatro santiagueño, pone palabras a una realidad que conoce de cerca: el poder del escenario para empoderar a quienes han sido vulnerados.
Para Ramírez, el teatro es, ante todo, un canal de expresión donde el adolescente puede exteriorizar dolores que, de otra forma, quedarían guardados peligrosamente en su interior. "Es increíble cómo jóvenes ya adultos me cuentan cómo el teatro les sirvió para canalizar cosas que no podían resolver en su momento", relata el director. El trabajo desde las sensaciones y las situaciones cotidianas permite que el chico le "ponga cuerpo" a lo que siente, transformando el trauma en un acto creativo.
En el escenario se produce una catarsis necesaria. Según Ramírez, al actuar, el joven deja de lado las presiones externas y se permite ser sin máscaras. Este proceso refuerza la autoestima de manera orgánica, dotando a los adolescentes de capacidades para enfrentar el acoso con una seguridad renovada.
Socialización y contención: el valor de lo colectivo
Uno de los puntos clave que destaca el actor es la socialización. En los talleres, se establecen vínculos basados en la transparencia y la aceptación mutua. "Uno trabaja desde el 'yo soy este', no tengo que mentir", explica. En esa búsqueda de identidad, el teatro ofrece la contención que muchas veces falta en otros ámbitos, permitiendo detectar a tiempo situaciones de riesgo y brindando un apalancamiento social indispensable.
Ramírez defiende la presencia del teatro en las escuelas, recordando sus propios inicios a los 15 años en el club de teatro de la Escuela Normal: "Son espacios hermosos para que los chicos crezcan sin peso ni presión".
Un aporte a la salud pública y humanística
Más allá de la formación técnica, la visión de Ramírez es profundamente humanística. El objetivo no es que cada tallerista termine en una marquesina, sino que cada individuo sea capaz de mirar la vida desde un punto de vista más sensible.
En el interior de nuestra provincia, donde el acceso a estos espacios puede ser un factor determinante en el desarrollo de un joven, reivindicar el teatro es, en última instancia, reivindicar la salud pública. Porque un joven que puede expresarse, que encuentra su voz y que se siente respaldado por sus pares, es un joven que le gana la batalla al silencio y al dolor. Como bien concluye Daniel: "El teatro nos hace más humanos".