"El límite empieza por la familia" afirmó. El padre José "Pepe" Di Paola, analizó la preocupante naturalización de la violencia, la exposición digital y la necesidad de recuperar los límites desde el hogar. El sacerdote que tiene a su cargo el Hogar de Cristo y es párroco de la Iglesia de Lourdes en La Banda consideró que establecer límites no significa restringir arbitrariamente la libertad de los jóvenes, sino brindarles herramientas para reconocer situaciones de riesgo y comprender las consecuencias de sus acciones. Sin embargo, advirtió que actualmente existe una falta de articulación entre la familia, la escuela, los clubes y las instituciones religiosas.

En efecto, un preocupante episodio de presunta violencia sexual, entre dos menores cuyas imágenes habrían circulado por redes sociales, en la Capital, reabrió el debate sobre el bullying, la humillación y la responsabilidad de las familias frente a las conductas violentas de niños y adolescentes. En ese contexto, el padre José "Pepe" Di Paola dialogó con el programa Actualidad Política, del Multimedio LV11 y Nuevo Diario, y advirtió sobre la necesidad de recuperar los límites, fortalecer el acompañamiento de los adultos y evitar que las pantallas se conviertan en herramientas de sometimiento y exposición.

La entrevista se desarrolló durante la jornada del viernes, cuando el sacerdote, responsable de la parroquia Nuestra Señora de Lourdes del barrio El Cruce, en La Banda, visitó los estudios del Multimedio para reflexionar sobre los desafíos que enfrentan las familias, la Iglesia y la sociedad ante las nuevas formas de violencia.

Publicidad

El caso permitió abordar un problema que preocupa cada vez más: la utilización de los teléfonos celulares y las redes sociales para intimidar, humillar o ejercer violencia sobre otros adolescentes.

Consultado sobre la naturalización de estas conductas, el padre Pepe advirtió que el acceso permanente a las pantallas puede favorecer situaciones de exposición y violencia cuando no existe un acompañamiento adecuado de los adultos.

"Las redes van haciendo realmente un daño en este sentido, cuando no tienen el control los grandes o los límites", expresó. El sacerdote cuestionó especialmente la práctica de grabar situaciones que afectan la intimidad de otras personas y difundirlas para que sean vistas por terceros. "Es también una especie de morbo esto de estar permanentemente filmando a otro", reflexionó.

En ese sentido, sostuvo que el problema no se limita a la existencia de las plataformas digitales, sino también a la manera en que las personas utilizan esas herramientas. Para Di Paola, la violencia puede agravarse cuando una situación de humillación deja de estar circunscripta a un espacio físico y se multiplica mediante la circulación de imágenes. Por eso, remarcó que la prevención debe comenzar mucho antes de que ocurra un episodio de estas características. "El amor es el límite y no pasa solamente por lo que puede hacer una aplicación. El límite empieza por la familia y después sigue por la escuela y sigue en todos lados", afirmó. La frase sintetizó uno de los principales mensajes de la entrevista: los padres y adultos responsables tienen un papel fundamental en la formación de los niños y adolescentes, especialmente en el respeto hacia los demás y en el uso responsable de la tecnología. Para explicar su postura, comparó el uso de la tecnología con las normas de tránsito. "No está mal pensar en la palabra límite para poder realmente usar esta tecnología para el bien y no que sea una especie de autodestrucción", sostuvo.

También advirtió sobre la dependencia que generan los dispositivos y la pérdida de espacios de encuentro personal. Según su análisis, la utilización excesiva de celulares puede afectar la comunicación, la convivencia y los vínculos entre las personas. En ese escenario, la responsabilidad familiar no debería limitarse a revisar contenidos o activar herramientas de control parental, sino que también debe incluir el diálogo, la educación emocional y el acompañamiento cotidiano. El rol de la Iglesia, la escuela y la sociedad ante la violencia juvenil

Otro de los ejes centrales de la conversación fue la necesidad de que las instituciones recuperen espacios de contención para los adolescentes. El padre Pepe reconoció que la Iglesia enfrenta nuevos desafíos para acercarse a los jóvenes, especialmente en una sociedad donde las pantallas ocupan una parte importante de la vida cotidiana. Desde su experiencia de trabajo en barrios populares, sostuvo que las actividades comunitarias, deportivas, educativas y espirituales pueden ofrecer alternativas frente al aislamiento y la exposición permanente a contenidos digitales. "Si un joven va a la capilla, al club y al colegio, realmente tiene una vida que la va a resolver en forma positiva", expresó. El sacerdote explicó que estos espacios permiten desarrollar distintas capacidades y construir vínculos que contribuyen a la formación personal. Sin embargo, advirtió que actualmente existe una falta de articulación entre la familia, la escuela, los clubes y las instituciones religiosas.

Para Di Paola, ninguna de estas organizaciones puede afrontar por sí sola los problemas que atraviesan los adolescentes. En esa línea, planteó que la Iglesia debe profundizar su trabajo territorial y adaptar sus formas de acompañamiento a las necesidades actuales. "Hoy tenemos este desafío".

El sacerdote también vinculó la violencia entre adolescentes con un contexto social más amplio, marcado por discursos agresivos y situaciones de crueldad que, según su mirada, pueden terminar naturalizándose. Consideró que los mensajes violentos que circulan en distintos ámbitos de la sociedad pueden influir en la manera en que algunas personas se relacionan con los demás. Por eso, insistió en la importancia de recuperar valores como el respeto, la solidaridad y el cuidado de quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad. La entrevista dejó planteada una preocupación que excede el caso ocurrido en Santiago: cómo prevenir que el bullying, las amenazas, la humillación y la violencia sexual se normalicen entre niños y adolescentes. Desde la perspectiva del padre Pepe, la respuesta requiere un compromiso compartido entre familias, instituciones educativas, organizaciones comunitarias y el Estado. "El límite empieza por la familia", reiteró como concepto central de una reflexión que llamó a recuperar el diálogo, la presencia de los adultos y el acompañamiento.