Ante las ausencias por lesión de Aníbal Moreno y Fausto Vera, Leonardo Ponzio tomó una decisión fuerte y le entregará la titularidad a Lucas Silva. A sus 19 años, el juvenil de River Plate afrontará el partido de mayor exposición de su carrera, materializando el sueño máximo de aquel chico que pateaba pelotas en una pequeña localidad rural de la provincia de Buenos Aires.
El camino de Silva hacia este domingo de superacción estuvo marcado a fuego por el sacrificio familiar. Nació en La Dulce (también conocida como Nicanor Olivera), un pueblo de apenas 2.000 habitantes ubicado a 56 kilómetros de Necochea, rodeado de actividad de campo. Allí, su padre Ignacio trabaja la tierra y su hermano Iván todavía defiende los colores del Club Deportivo La Dulce, la misma institución donde Lucas empezó a jugar a los cinco años siendo delantero y enfrentando a chicos mucho más grandes que él.
La vida de la familia dio un vuelco en 2016. Su formador, Carlos Azcona, lo llevó a una prueba que River realizó en Necochea. Los captadores le vieron pasta de líder, lo reubicaron como volante central y, con solo nueve años, quedó seleccionado. Comenzó entonces la etapa más dura: viajar dos veces por mes desde la inmensidad del campo hasta el asfalto de Buenos Aires, ya que no tenía edad para vivir en la pensión. La pandemia interrumpió el proceso, lo obligó a entrenar por Zoom en su pueblo natal, pero al reanudarse la actividad su madre armó las valijas y se instaló con él en la Capital Federal para sostener el sueño de su hijo, mientras su padre y su hermano se quedaban en La Dulce.
Ese desarraigo tuvo su recompensa en un ascenso meteórico. A pesar de haber jugado apenas ocho partidos en la Reserva (bajo el mando de Marcelo Escudero, hoy ayudante de Ponzio), Eduardo Coudet vio en él un talento distinto. Lo subió a Primera, lo llevó a la pretemporada y el club lo blindó con un contrato hasta 2028 y una cláusula de 100 millones de euros.
Su debut en la máxima categoría duró apenas 12 segundos frente a Aldosivi, pero la consagración íntima con el hincha no tardó en llegar. En la Copa Sudamericana, River no podía quebrar a Bragantino en Brasil. Silva ingresó a los 89 minutos, levantó la cabeza y le puso un centro milimétrico a Lucas Martínez Quarta para ganar el partido en la agonía. Días después, anotó su primer gol oficial ante Blooming en el Monumental y lo festejó besándose el escudo, dejando en claro el fanatismo que comparte con toda su familia.
Admirador del juego de Enzo Pérez, el joven mediocampista se define como un jugador simple al que le gusta ser dueño de los tiempos del equipo. Esta tarde, aquel pibe que dejó el campo para perseguir una ilusión saldrá por el túnel de La Bombonera para adueñarse de la mitad de la cancha, demostrando que con sacrificio no hay distancia demasiado larga ni escenario demasiado grande.




















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