En el día en que Emiliano Sala cumpliría 36 años, Alan Boschero, uno de sus mejores amigos desde la adolescencia, lo recordó con emoción y compartió detalles de la amistad que los unió desde sus primeros pasos en el fútbol. Las noches de encuentros en Córdoba, los años compartidos en una pensión y los momentos más difíciles tras la desaparición de la aeronave forman parte de una historia marcada por el cariño y los recuerdos.
La amistad comenzó cuando ambos tenían 15 años y llegaron a Proyecto Crecer, en San Francisco, Córdoba, con el mismo objetivo: convertirse en futbolistas profesionales. Durante varios años compartieron habitación, entrenamientos, jornadas escolares y gran parte de su adolescencia.
Aunque sus caminos tomaron rumbos diferentes, nunca perdieron el contacto. Emiliano se instaló en Francia para continuar su carrera, pero cada vez que regresaba a la Argentina aprovechaba para reencontrarse con sus amigos.
“Cada vez que venía el receso de Europa, que es en invierno acá, en mayo o junio, que él se venía, nosotros eran como nuestras vacaciones, una semana sí o sí, todos juntos”, recordó Boschero.
El grupo estaba integrado por cuatro amigos: Mauro, Nicolás, Alan y Emiliano. A pesar de vivir en distintas provincias, organizaban encuentros en Mendoza o Córdoba. Los planes incluían asados, partidas de cartas y salidas a bailar, lejos de las exigencias del fútbol profesional.
Cómo era Emiliano Sala fuera de la cancha
Boschero describió a Sala como un joven tímido, reservado, humilde y sencillo, que no buscaba llamar la atención. Sin embargo, su personalidad cambiaba cuando ingresaba al campo de juego.
“Era muy, muy, pero muy sencillo, muy humilde. La verdad que un chico que pasaba totalmente desapercibido hasta que entraba a la cancha”, contó.
En Proyecto Crecer, los jóvenes tenían una rutina exigente: entrenaban por la mañana, almorzaban en la pensión, asistían a la escuela y por la tarde regresaban al club para continuar con la preparación física. Los sábados competían y los domingos, cuando podían, algunos volvían a sus casas.
Para quienes vivían lejos, las visitas familiares eran menos frecuentes. Por eso, compartían muchas horas jugando a las cartas y tomando mate. “Era como una familia”, resumió Alan.
El amigo también recordó que hubo un momento en el que Emiliano estuvo cerca de abandonar su sueño de ser futbolista, después de realizar varias pruebas en el exterior sin conseguir una oportunidad concreta.
“En medio de todo ese proceso hubo un momento en el que Emi dijo: ‘Ya está, me cansé, no quiero ser más jugador, me quiero ir a mi casa’”, relató.
Sus amigos lo alentaron a continuar. “¿Cómo te vas a ir vos? ¿Cómo no vas a querer jugar más? Si sos el mejor de todos y sos el que más cerca estás”, le dijeron. Finalmente, Sala siguió intentándolo y logró establecerse en el fútbol francés.
Una anécdota que todavía recuerdan entre risas
Entre los recuerdos que compartieron, Boschero contó una situación ocurrida durante uno de los últimos viajes de Emiliano a Córdoba. Después de una salida a un boliche, el delantero decidió regresar antes que sus amigos al departamento donde se alojaban.
Al bajar del taxi, un ladrón le arrebató el celular que tenía en la mano. Sin embargo, Sala salió a perseguirlo, lo alcanzó y logró recuperar el teléfono.
“Cuando hizo cinco metros, él lo corrió, lo alcanzó y le metió un patadón de atrás y voló teléfono, voló chorro, voló todo”, relató Alan entre risas.
La situación terminó convirtiéndose en una de las tantas anécdotas que el grupo todavía recuerda.
La desaparición del avión y el viaje para buscarlo
El 21 de enero de 2019, Emiliano Sala viajaba en una avioneta desde Nantes, Francia, hacia Cardiff, Gales, donde debía incorporarse a su nuevo club. Sin embargo, la aeronave desapareció mientras sobrevolaba el canal de la Mancha.
Horas antes, el futbolista había estado conversando con sus amigos a través del grupo de WhatsApp que compartían desde hacía años. Allí había enviado el audio que posteriormente se conoció públicamente.
Boschero recordó que, como Emiliano viajaba constantemente y existía una diferencia horaria, al principio no les llamó la atención que dejara de responder. La noticia llegó a la mañana siguiente, cuando el padre de su novia los llamó para pedirles que encendieran la televisión.
“La verdad que fue terrible, de los momentos más feos”, recordó.
Inmediatamente, Alan se comunicó con Darío, el hermano de Emiliano, y con Mauro y Nicolás. Los amigos comenzaron a organizarse para acompañar a la familia y colaborar con la búsqueda.
La situación se volvió todavía más desesperante cuando las autoridades británicas decidieron suspender el operativo oficial. “Y bueno, no teníamos nada, no sabíamos nada. Y no podía quedar así”, contó.
Finalmente, los amigos emprendieron un viaje desde Progreso, Santa Fe, hacia Europa. Primero se trasladaron a Buenos Aires, luego volaron a París y, con asistencia del consulado argentino, continuaron hasta Cardiff.
Uno de los momentos más difíciles ocurrió cuando llegaron a la isla de Jersey, cerca de la zona donde se había perdido el último contacto con la aeronave. Las condiciones climáticas eran complicadas, con viento, frío y llovizna.
“Nos miramos todos y nuestra cara como que... No sé, la ilusión de que pasara un milagro y de que lo encontráramos, de que le pudiéramos dar un abrazo y traerlo, como que desapareció en el instante que bajamos del avión”, recordó Alan.
Durante los días siguientes recorrieron distintos lugares e intentaron conseguir información. La falta de sueño, las llamadas y la incertidumbre hicieron que el tiempo se volviera difícil de medir.
Un recuerdo que sigue intacto
A pesar de los años y de la ausencia, Alan y sus amigos continúan en contacto. Ya no organizan aquellos viajes con la misma frecuencia, pero siguen encontrando momentos para reunirse y recordar a quien fue parte fundamental de sus vidas.
Para ellos, Emiliano sigue siendo aquel adolescente que conocieron en una pensión de Córdoba, con quien compartieron entrenamientos, sueños y buena parte de su juventud.
“Por momentos nosotros no teníamos la dimensión de lo que él era realmente”, expresó Boschero.
Su carrera lo llevó al fútbol europeo y lo convirtió en un delantero reconocido, pero para sus amigos siempre fue simplemente Emi: el compañero de pensión, el amigo de los asados y las noches compartidas, y la persona que dejó una huella que el tiempo no pudo borrar.




















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