La historia criminal de Jesse Harding Pomeroy ocupa un lugar estremecedor en los registros policiales de Estados Unidos. Con apenas 14 años, el joven fue señalado como responsable de dos asesinatos que sacudieron a la ciudad de Boston durante la década de 1870. Sin embargo, aquellos crímenes no fueron sus primeros episodios de violencia: desde mucho antes había protagonizado ataques contra niños de corta edad.

Nacido el 29 de noviembre de 1859 en Charlestown, Massachusetts, Pomeroy creció en una familia trabajadora. Su padre se desempeñaba en un matadero y su madre administraba un pequeño comercio, donde el adolescente también colaboraba.

Con el tiempo, su nombre se convirtió en sinónimo de terror. Los periódicos comenzaron a llamarlo el «Niño Demonio de Boston», un apodo que reflejaba el impacto que provocaron sus crímenes en una sociedad que no podía comprender cómo alguien tan joven podía cometer semejantes actos.

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Los primeros ataques que sembraron el miedo en Boston

Mucho antes de los asesinatos que lo hicieron conocido, Pomeroy ya había comenzado a atacar a menores. Entre 1871 y 1872, cuando tenía entre 11 y 12 años, se registraron diferentes episodios de violencia en barrios de Boston y localidades cercanas.

De acuerdo con las investigaciones reconstruidas por la historiadora Dawn Keetley, autora del libro Making a Monster, las víctimas tenían entre tres y nueve años.

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El adolescente utilizaba engaños para acercarse a los niños. En ocasiones les ofrecía golosinas o dinero y los convencía de acompañarlo hasta sectores alejados de las viviendas.

Una vez que conseguía llevarlos a lugares solitarios, los golpeaba, los ataba a estructuras y les provocaba heridas con elementos cortantes y alfileres. Algunos de los menores también denunciaron agresiones sexuales.

Los testimonios presentaban coincidencias que permitieron orientar las primeras investigaciones. Varias víctimas describieron una característica física muy particular del atacante: una alteración congénita que le daba a su ojo derecho una apariencia blanquecina.

La prensa comenzó a referirse a él con otros sobrenombres, como «el Torturador de Niños» y «el Diablo Rojo».

Dos desapariciones que terminaron en tragedia

Después de un período sin que se conocieran nuevos episodios de la misma magnitud, la situación volvió a generar alarma en marzo de 1874.

El 18 de ese mes desapareció Katie Curran, una niña de 10 años que había salido de su casa para comprar útiles escolares. La menor fue vista por última vez en el negocio de la familia Pomeroy, ubicado en South Boston, donde Jesse ayudaba a su madre.

Durante semanas, su desaparición generó preocupación entre los vecinos y familiares. Sin embargo, nadie imaginaba el desenlace que tendría la búsqueda.

El 23 de abril de 1874 apareció el cuerpo de Horace Millen, un niño de apenas cuatro años, en una zona pantanosa próxima a Dorchester Bay. Presentaba heridas provocadas con un arma blanca y signos de una violencia extrema.

Dos hombres que se encontraban cerca del lugar aseguraron haber visto a un joven alejarse de la zona. Esa información llevó a los investigadores a considerar que el responsable podía ser un adolescente.

La coincidencia con los antecedentes de ataques contra menores comenzó a cobrar relevancia y las sospechas se concentraron en Pomeroy.

Las pistas que permitieron identificar al adolescente

La investigación por el asesinato de Horace avanzó rápidamente. Los agentes encontraron huellas cerca del lugar donde había aparecido el cuerpo y comenzaron a compararlas con el calzado de los posibles sospechosos.

Las marcas coincidían con las botas de Jesse Pomeroy. Además, los investigadores detectaron rastros de sangre en su ropa y lesiones en su cuerpo que aumentaron las sospechas.

El 24 de abril de 1874, cuando tenía solamente 14 años, fue detenido.

Pero la investigación todavía tenía otra incógnita por resolver: la desaparición de Katie Curran.

La búsqueda permitió reconstruir que la niña había sido vista por última vez en el comercio de la familia del adolescente. Tiempo después, cuando el negocio fue vendido, sus nuevos ocupantes realizaron un descubrimiento aterrador.

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En el sótano del establecimiento encontraron el cadáver de Katie. El hallazgo permitió relacionar definitivamente a Pomeroy con los dos homicidios que habían conmocionado a Boston.

Un juicio que terminó con una condena a muerte

El proceso judicial comenzó en diciembre de 1874 por el asesinato de Horace Millen. La edad del acusado y las características de los crímenes generaron un intenso debate sobre su responsabilidad penal y su estado mental.

La defensa intentó demostrar que Pomeroy padecía una condición que en aquella época era denominada «locura moral» y que sus acciones respondían a un supuesto impulso irresistible.

Durante el proceso también se analizaron sus antecedentes de violencia y los ataques que había cometido contra otros menores.

Sin embargo, el jurado no aceptó los argumentos de la defensa y lo declaró culpable. El juez dictó una condena a muerte, aunque su ejecución nunca llegó a concretarse debido a que el acusado tenía apenas 14 años.

Después de dos años de discusiones y revisiones de la sentencia, la pena fue modificada por prisión perpetua bajo un estricto régimen de aislamiento.

El 7 de septiembre de 1876 ingresó en la prisión estatal de Massachusetts, donde comenzó un encierro que se extendería durante décadas.

Más de medio siglo bajo custodia

La vida de Pomeroy dentro del sistema penitenciario estuvo marcada por el aislamiento. Según los registros históricos, permaneció cerca de 40 años bajo ese régimen y sus diferentes pedidos de clemencia fueron rechazados por sucesivas administraciones.

En 1917 abandonó el aislamiento estricto y continuó cumpliendo su condena bajo otras condiciones de detención.

Doce años después fue trasladado a la granja penitenciaria estatal de Bridgewater, donde permaneció hasta el final de su vida.

Jesse Pomeroy murió el 30 de septiembre de 1932, a los 72 años, por causas naturales. Había pasado más de medio siglo bajo custodia estatal.

Su historia quedó registrada como uno de los casos criminales más impactantes de la historia estadounidense, no solamente por la brutalidad de los ataques, sino también por la corta edad que tenía cuando comenzó a cometerlos.

El llamado «Niño Demonio de Boston» se convirtió en un caso que todavía despierta interés entre historiadores e investigadores del crimen, por las preguntas que dejó abiertas sobre la violencia durante la infancia y los límites de la justicia frente a un acusado que todavía era un niño.