Lo que comenzó como un intento de fuga terminó convirtiéndose en uno de los episodios más estremecedores de la historia penitenciaria argentina. Entre el 30 de marzo y el 7 de abril de 1996, el penal de Sierra Chica, ubicado a pocos kilómetros de Olavarría, fue escenario de un motín que se extendió durante ocho días y dejó un saldo de ocho internos muertos.

La rebelión fue encabezada por un grupo de presos conocido como los 12 Apóstoles, cuyos integrantes protagonizaron enfrentamientos con una banda rival, tomaron rehenes y mantuvieron bajo su poder a la jueza María de las Mercedes Malere y a su secretario penal, Héctor Torrens.

Durante aquellos días se conocieron relatos de extrema crueldad: asesinatos, mutilaciones, cuerpos quemados en los hornos de la panadería del establecimiento y la preparación de empanadas con carne humana, un hecho que posteriormente fue mencionado por protagonistas y testigos durante la investigación judicial.

Publicidad

Quiénes eran los 12 Apóstoles

El grupo estaba liderado por Marcelo Brandán Juárez, Miguel Ángel Acevedo y Jorge Alberto Pedraza. La banda tomó su nombre luego de que uno de los trece presos que inicialmente participaron del intento de fuga muriera durante los primeros enfrentamientos.

Entre sus integrantes también estaban Carlos Gorosito Ibáñez, Marcelo González Pérez, Jaime Pérez Sosa, Víctor Esquivel, Oscar Olivera Sánchez, Carlos Villalba Mazzey, Héctor Cóccaro Retamar, Marcelo Vilaseco Quiroga y Héctor Galarza Nannini.

Los enfrentamientos se produjeron en medio de una fuerte disputa entre grupos antagónicos que ya mantenían conflictos dentro del establecimiento. La tensión aumentó cuando los amotinados comenzaron a atacar a integrantes de la banda rival, entre ellos su referente, Agapito Lencina.

El intento de fuga que desató la rebelión

El motín comenzó el 30 de marzo de 1996, alrededor de las 14.30. Según la reconstrucción del episodio, Marcelo Brandán Juárez ingresó a la oficina de control y pidió utilizar el teléfono público. Poco después, otro interno exhibió una pistola calibre 11,25 que había logrado ingresar al penal.

Los presos exigieron que los guardiacárceles entregaran sus armas y tomaron a varias personas como rehenes. Luego intentaron escapar trepando uno de los muros, pero fueron descubiertos por personal penitenciario, que respondió con disparos.

En medio del enfrentamiento, uno de los amotinados murió. La fuga quedó frustrada y los cabecillas reorientaron sus acciones hacia el control de distintos sectores de la cárcel y el ajuste de cuentas con sus adversarios.

La violencia se extendió entre los aproximadamente 1.500 internos que se encontraban alojados en Sierra Chica. En ese contexto fueron asesinados varios integrantes del grupo rival.

La jueza que terminó como rehén

La situación llegó a tal gravedad que la jueza de Azul María de las Mercedes Malere se presentó en el penal para intentar dialogar con los amotinados. La acompañaban su secretario, Héctor Torrens, y autoridades del Servicio Penitenciario Bonaerense.

Sin embargo, el encuentro terminó de manera inesperada. Los líderes de la revuelta cambiaron de postura, amenazaron a la magistrada con un arma y la llevaron por la fuerza hacia el pabellón 6. Su secretario también fue retenido.

En total, 17 personas quedaron como rehenes. Malere fue utilizada como escudo humano y, en una oportunidad, los presos la llevaron hasta una zona elevada del establecimiento y amenazaron con arrojarla si continuaba la intervención penitenciaria.

El entonces gobernador bonaerense, Eduardo Duhalde, siguió de cerca la crisis y evaluó las alternativas para recuperar el control del establecimiento sin poner en riesgo la vida de los cautivos.

Las empanadas de carne humana y los relatos del horror

Uno de los capítulos más impactantes del motín estuvo relacionado con los hechos ocurridos en la panadería del penal. Según testimonios incorporados a la investigación, algunos cuerpos fueron mutilados y quemados en los hornos, mientras que con restos humanos se habrían preparado empanadas que fueron ofrecidas a rehenes y guardiacárceles.

Ariel Acuña Mansilla, conocido como “El Gitano”, uno de los integrantes del grupo, relató posteriormente que había presenciado la mutilación del cuerpo de Agapito Lencina y que se utilizaron restos para elaborar las empanadas.

El guardiacárcel Oscar Iturralde también declaró que, durante el motín, Miguel Ángel Acevedo le ofreció dos empanadas. Después de que comiera una, le reveló que había ingerido carne humana. Por ese episodio, Acevedo quedó conocido con el apodo de “El Panadero”.

Otros testimonios describieron escenas de extrema violencia dentro de los pabellones. Entre ellas, el uso de la cabeza de una de las víctimas como si fuera una pelota de fútbol.

El final del motín y los restos encontrados en los hornos

La situación se prolongó hasta el 7 de abril de 1996, cuando los amotinados finalmente se rindieron y las autoridades recuperaron el control del penal.

Tras el ingreso de los investigadores, se realizaron peritajes en distintos sectores, especialmente en la carnicería y la panadería. En los hornos se encontraron piezas dentales, mientras que las inspecciones permitieron reconstruir parte de lo ocurrido durante los días de cautiverio y violencia.

Siete internos habían sido asesinados y sus cuerpos terminaron en los hornos, según la reconstrucción del caso. También se confirmó la muerte de Julio Aguiles Maillet, quien falleció por heridas de arma blanca.

El motín de Sierra Chica quedó registrado como uno de los episodios más violentos del sistema penitenciario argentino. A casi tres décadas de aquella Semana Santa de 1996, los testimonios sobre los asesinatos, los rehenes y los hechos ocurridos en la panadería siguen formando parte de una de las historias más oscuras de las cárceles del país.